martes, 22 de agosto de 2023

Solo para decirte, de William Carlos Williams

Sólo para decirte
que me comí
las ciruelas
que estaban en
la heladera 

y que
probablemente
guardabas
para el desayuno 

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
tan frías


No he dejado de pensar en ti, de Charles Bukowski

“No he dejado de pensar en ti,
me gustaría decírtelo.
Me gustaría escribirte que te extraño
y lo pienso.
Pero no te busco.
Ni siquiera te escribo.
No sé cómo estás y extraño
saberlo.

¿Tienes planes?
¿Has reído hoy?
¿Qué soñaste?
¿Sales?
¿A dónde vas?
¿Tienes sueños?
¿Has comido?

Me gustaría poder
encontrarte
pero no tengo la fuerza y tú
tampoco.
Entonces nos quedamos
esperando en vano y pensamos
en ello.

Y recuérdame y recuerda que pienso en ti,
que no lo sabes, pero te vivo todos los días,
que escribo sobre ti.
Y recuerda que buscar y pensar son dos cosas diferentes.
Y yo te pienso
pero no te busco”

Miedo, de Raymond Carver

Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.

Miedo a dormirme por la noche.

Miedo a no dormirme.

Miedo al pasado resucitando.

Miedo al presente echando a volar.

Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.

Miedo a las tormentas eléctricas.

¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!

Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.

Miedo a la ansiedad.

Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.

Miedo a quedarme sin dinero.

Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.

Miedo a los perfiles psicológicos.

Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.

Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.

Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.

Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.

Miedo a la confusión.

Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.

Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.

Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.

Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.

Miedo a la muerte.

Miedo a vivir demasiado.

Miedo a la muerte.

Ya he dicho eso.

Borrador de un poema, de Juan Bonilla

Me levanto a las seis aunque detesto madrugar.

Me pone malo el agua fría pero abro el grifo de agua fría

y aguanto diez segundos bajo el chorro.

Me gusta el café solo y me sienta mal la leche

pero le echo un golpe de leche al café y lo tomo con azúcar

aunque no me gusta endulzarlo.

Solo fumo cuando atardece, y aún así

enciendo tan temprano un Camel:

si todo sale según lo previsto

al terminar el día me habré fumado cajetilla y media.

Detesto oír la radio en la mañana, esos comentaristas

que avisan del apocalipsis a diario,

pero prendo la radio y oigo un bocazas

decir que España se rompe y que hay que echar a los moros.

Gomina en el pelo. Agua de colonia.

Sus zapatos y su pantalón y su camisa.

No bebo alcohol pero a las seis y media estoy

en la barra del Zettelmeyer

tomándome un coñac.

Me deprimen los tambores de la prensa deportiva

pero ahí estoy leyendo el Marca, un reportaje

sobre el mercado de fichajes de este invierno.


¿A qué viene todo esto?

Digamos que es costumbre familiar.

Cuando se muere un padre alguno de sus hijos

tiene que regalarle un día,

hacer durante un día las cosas que el difunto ya no hará,

ponerse en su lugar.

El día de regalo, ya te digo.

Son las siete y se yergue ahora la pregunta:

¿qué hacía mi viejo toda la mañana?

¿qué hacía un hombre de cincuenta y nueve

años en paro desde hacía dos

después de cuarenta años de trabajo?

Supongo que buscar trabajo ansioso,

pensar en el suicidio mientras llegaba el infarto

que al fin puso remedio a sus tristezas.

No sé. Era demasiado orgulloso

para arrastrarse a pedir algún favor o mendigar unas faenas.

A las nueve tengo que volver a casa

para llevar a Joaquín a la guardería y me preguntará

por qué no lo lleva el abuelo como siempre

-y siempre ahí significa tres meses a diario-.

Se va, se va, el poema se me va por lo anecdótico.

No es más que un borrador.


Mientras regalo el día me sacuden recuerdos del difunto:

a veces tiernos o hilarantes o brutales.

No me pegó jamás (claro que sí pegó a mi madre

una vez, después fue a emborrachase,

volvió a las tantas repitiendo su cantinela insoportable

"me tengo que matar" "qué he hecho" "tengo que matarme"

shalalá:

estuve un año sin dirigirle la palabra,

-tiene algo de mérito porque yo tenía doce años-).

Era de sangre muy caliente, yo creo que era bipolar,

había días que el mundo era un cachorro que estaba pidiéndonos

que saliésemos a jugar con el,

y otras era un campo de concentración

en el que nos había tocado el papel de prisioneros.

Se quejaba de su puta suerte muy a menudo.

He heredado algunas cosas suyas, no puedo negarlo.

La relación con el dinero por ejemplo: gastarlo

cuando lo tengo como si no hubiera mañana, no darle

importancia alguna y pasar luego meses penando

por haber gastado los ahorros y decirme qué idiota eres,

no darle importancia al dinero

te hace pensar en el dinero a todas horas.

También la frialdad emocional es suya.

Ese esconderse suyo para echar unas lágrimas por algo.


Mi padre tuvo una infancia complicada.

Hijo de madre soltera en la España de los cuarenta.

Lo inscribieron en el libro de familia como hermano de su madre.

Esas cosas pasaban en los heroicos días

del nacionalcatolicismo.

Se crió en un café cantante. Lo despertaban de madrugada

a los diez o doce años para que fuera por hielo.

Debió ver cosas muy edificantes

que le sirvieron luego para no escandalizarse por nada.

Se salvó mediante el fútbol.

Jugaba bien, se soñaba estrella de los estadios, como tantos,

como yo mismo más adelante.

Por las mañanas trabajaba en un taller de mecánico

mientras cumplía 21 y podía sacarse el carné de camión,

y por las tardes entrenaba.

Lo fichó el Atlético Sanluqueño, camiseta verdiblanca.

Luego conoció a mi madre en la Alameda Vieja.

Ella quedó embarazada y se casaron

como era lógico en la época.

Dejó el fútbol, empezó con los camiones.

Llegué yo.

A veces le tomaba el pelo diciéndole:

tú que querías ser futbolista y terminaste

conduciendo los autobuses que llevan a los futbolistas

del aeropuerto al hotel, del hotel al estadio, del estadio al aeropuerto.

Dejaba de hablarme durante semanas.


Y bien ya son las nueve. Mi madre ni siquiera se sorprende

de verme oliendo a él, vestido de él, dispuesto a hacer

lo que él hubiera hecho de estar vivo.

Llevar a su primer nieto a la guardería.

Un nieto que lleva su nombre y que es también hijo de madre soltera.

¿Por qué no me lleva el abuelo como siempre?

El abuelo ha muerto, peque.

Ah, vale.

Pero lo puedes seguir viendo: están los sueños.

Ah, claro.

¿Qué hacía mi padre toda la mañana?

Una zona de sombra o libertad hasta las 2,

cuando tenga que regresar a recoger a Joaquín a la guardería.

Me invento que se dedicaba a conducir.

Casi cuarenta años conduciendo

camionetas, camiones, pomposos coches de magnate, valencianas,

y de repente, el paro,

la quiebra de la empresa por orden del gobierno,

una indemnización y hasta la vista.

Me gustaba de niño,

verlo llegar en un interminable tráiler,

en cuya cabina -con una palanca de cambios del tamaño de un bastón-

nos apilábamos sus hijos mientras él subía a comer.

Y los camiones cisternas en los que alguna vez me llevó a Cádiz:

él cargaba en el puerto mientras yo, quice años, dieciséis,

me iba de librerias.

Ahora que lo pienso, si me preguntaran

qué hiciste con tu padre,

tendría que responder: kilómetros, muchos kilómetros.

Más kilómetros compartimos que palabras.


Hay algo que nunca le perdonaré,

ni siquiera mientras le regalo el día.

Chicuelo, nuestro bóxer.

Nos lo trajo una tarde y unos meses después nos lo quitó.

Él, que nunca le hacía caso a mi madre, se lo hizo en aquello.

Joaquín, no bebas. Y seguía bebiendo.

Joaquín, no fumes. Y seguía fumando.

Joaquín, no tardes. Y volvía a las tantas si volvía.

Joaquín, deshazte del perro. Y se deshizo del perro.

Qué cabrón.

Nos hizo creer que Chicuelo se había escapado

y allá que nos fuimos todos los hermanos a buscarlo.

Gritábamos su nombre en barrios en los que antes

no hubiéramos entrado ni hartos de droga

igual que los chavales de esos barrios

no entraban en el nuestro.

Volvíamos de nuestras expediciones con las manos vacías

y el ánimo arrasado.

Todos nos ocultábamos para que los otros no nos vieran llorar.

Qué cabrón.

También él se ocultaba.

Se dio cuenta a los dos días que perder un perro

era mucho más grave de lo que su elocuente infancia cruel

podía permitirse.

Una vez Chicuelo se meó en el pasillo

y él cogió al perro y le metió el hocico en los orines:

así aprenderá que aquí no se hace,

a mí me lo enseñaron cuando chico.

Se meaba en la cama, y para enseñarle que eso no se hacía,

que no tenían plata para colchones y sábanas,

le hundían la cara en la mancha de meado.

Pero siguió meándose en la cama algún tiempo más.

Se levantaba y antes de que le hundieran la cara en la mancha de orín

él mismo hundía la cara.

Mucho más tarde, cuando Chicuelo era sólo un fantasma

que se nos aparecía en sueños,

e iba del sueño de uno al de otro como familiar solitario

que cada tarde visista a un pariente para recordarles que existe,

mi padre nos contó que lo dejó en la carretera de Trebujena.

Primero nos dijo que se lo había dado a unos de una finca,

pero la verdad fue más fuerte que él

y años más tarde nos la tuvo que contar.

Vi claramente al perro extrañado en el camino,

pensando que era un juego de su amo,

se metía en el coche y él tenía que perseguirlo,

pero aceleraba y aceleraba,

lo miraba por el espejo retrovisor y le decía adiós a Chicuelo.

Y el perro se cansaba y se paraba y se iba empequeñeciendo

sin saber que iba a agrandarse nuestra angustia.

Qué pedazo de cabrón.


El día de regalo lo emplearé en conducir por la carretera de Trebujena.

Han pasado más de veinte años y seguro que Chicuelo

murió atropellado o desfalleció de hambre o lo encontró alguien

y lo adoptó o lo utilizaron unos miserables

para que se entrenaran unos perros de pelea.

Pero yo conduzco en el papel de mi padre

por la carretera de Trebujena

buscándolo en aquellos días felices de mi infancia

en que los hermanos nos peleábamos por ser los primeros

en regresar a casa

par sacar a Chicuelo.

Creo que es la única vez que odié a mi madre, cuando supe.

Si encontrara a un perro cualquiera en el camino

lo montaría en el coche de mi padre

y se lo llevaría de regalo a Joaquín, su nieto.

Después por la tarde, tras comer y tras la siesta -que nunca duermo-

me tomaré otro café con leche, pugnando con la náusea,

iré al España a tomarme un par de finos,

le compraré cupones al ciego y haré una quiniela

aunque jamás me gasto un duro en juegos de azar,

y más tarde veré algún programa bobo de televisión

y me tomaré un gin-tonic por toda cena,

un Camel detrás de otro para acabar el día de regalo,

hasta que toque irse a la cama,

encenderé la radio, aunque me tortura oír la radio de madrugada,

esos programas de gente que llama para contar tragedias

que quizá le hicieran sentir a mi padre

que tampoco le iba tan mal.


(Dejaré aquí este borrador de poema,

quizá algún día mi hijo lo descubra entre mis cosas,

y piense: un día de regalo, vale, padre,

y se levante como yo a las tantas, aunque le guste madrugar,

y se tome un café solo y sin azúcar, aunque le siente mal,

y se duche con agua muy caliente aunque prefiera la templada,

y se vaya a caminar aunque lo suyo sea el gimnasio,

y luego abra mi computadora

aunque escribir no sea su modo de estar en el mundo,

y encuentre este poema en borrador

y ajuste cuentas conmigo

y me regale uno de los milagrosos días de su vida

cuando el milagro de la mía haya terminado

y corrija y termine este poema).


lunes, 21 de agosto de 2023

Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges

Gracias quiero dar al divino 

laberinto de los efectos y de las causas 

por la diversidad de las criaturas 

Que forman este singular universo, 

por la razón, que no cesará de soñar 

con un plano del laberinto, 

por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises, 

por el amor, que nos deja ver a los otros 

como los ve la divinidad, 

por el firme diamante y el agua suelta, 

por el álgebra, palacio de precisos cristales, 

por las místicas monedas de Angel Silesio, 

por Schopenhauer, 

que acaso descifró el universo, 

por el fulgor del fuego 

que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, 

por la caoba, el cedro y el sándalo, 

por el pan y la sal, 

por el misterio de la rosa 

que prodiga color y que no lo ve, 

por ciertas vísperas y días de 1955, 

por los duros troperos que en la llanura 

arrean los animales y el alba, 

por la mañana en Montevideo, 

por el arte de la amistad, 

por el último día de Sócrates, 

por las palabras que en un crepúsculo se dijeron 

de una cruz a otra cruz, 

por aquel sueño del Islam que abarco 

mil noches y una noche, 

por aquel otro sueño del infierno, 

de la torre del fuego que purifica 

y de las esferas gloriosas, 

por Swedenborg, 

que conversaba con los ángeles en las calles de Londres, 

por los ríos secretos e inmemoriales 

que convergen en mí, 

por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria, 

por la espada y el arpa de los sajones, 

por el mar, que es un desierto resplandeciente 

yuna cifra de cosas que no sabemos 

y un epitafio de los vikings, 

por la música verbal de Inglaterra, 

por la música verbal de Alemania, 

por el oro, que relumbra en los versos, 

por el épico invierno, 

por el nombre de un libro que no he leído: 

gesta Dei per Francos, 

por Verlaine, inocente como los pájaros, 

por el prisma de cristal y la pesa de bronce, 

por las rayas del tigre, 

por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan, 

por la mañana en Texas, 

por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral 

y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos, 

por Séneca y Lucano, de Córdoba, 

que antes del español escribieron 

toda la literatura española, 

por el geométrico y bizarro ajedrez, 

por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce, 

por el olor medicinal de los eucaliptos, 

por el lenguaje, que puede simular la sabiduría, 

por el olvido, que anula o modifica el pasado, 

por la costumbre, 

que nos repite y nos confirma como un espejo, 

por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio, 

por la noche, su tiniebla y su astronomía. 

por el valor y la felicidad de los otros, 

por la patria, sentida en los jazmines 

o en una vieja espada, 

por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema, 

por el hecho de que el poema es inagotable 

y se confunde con la suma de las criaturas 

y no llegará jamás al último verso 

y varía según los hombres, 

por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos 

por morir tan despacio, 

por los minutos que preceden al sueño, 

por el sueño y la muerte, 

esos dos tesoros ocultos, 

por los íntimos dones que no enumero, 

por la música, misteriosa forma del tiempo.

jueves, 21 de julio de 2022

Me basta así, de Ángel González

 Si yo fuese Dios

Y tuviese el secreto

Haría un ser exacto a ti

Lo probaría

A la manera de los panaderos cuando prueban el pan

Es decir, con la boca

Y si ese sabor

Fuese igual al tuyo

O sea, tu mismo olor

Y tu manera de sonreír

Y de guardar silencio

Y de estrechar mi mano, estrictamente

Y de besarnos sin hacernos daño

De eso sí estoy seguro

Pongo tanta atención cuando te beso

Entonces

Si yo fuese Dios

Podría repetirte y repetirte

Siempre la misma y siempre diferente

Sin cansarme jamás del juego idéntico

Sin desdeñar tampoco la que fuiste

Por la que ibas a ser dentro de nada

Ya no sé si me explico

Pero quiero quiero aclarar que

Si yo fuese Dios

Haría lo posible por ser Ángel González

Para quererte tal como te quiero

Para aguardar con calma

A que te crees tú misma cada día

A que sorprendas todas las mañanas

La luz recién nacida con tu propia luz

Y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la vida

Resusitándome con tu palabra

Lázaro alegre, yo

Mojado todavía

De sombras y pereza

Sorprendido y absorto en la contemplación

De todo aquello que

En unión de mí mismo

Recuperas y salvas

Mueves

Dejas abandonado cuando, luego, callas

Escucho tu silencio

Oigo constelaciones

Existes. Creo en ti

Eres. Me basta

Si yo fuese Dios

Y tuviese el secreto

sábado, 9 de julio de 2022

Cómo ser perfecto, de Ron Padgett

Cómo ser perfecto, de Ron Padgett

(Todo es perfecto, querido amigo.

—Kerouac)

--

Duerme un poco.

No des consejos.

Cuida los dientes y encías.

No te asustes por nada que no puedas controlar. No te asustes, por ejemplo, porque se pudiera derrumbar el edificio mientras duermes o porque algún ser querido pudiese caer muerto de repente.

Tómate una naranja todas las mañanas.

Sé agradable. Te ayudará a ser feliz.

Eleva tus pulsaciones a 120 durante 20 minutos seguidos cuatro o cinco veces por semana haciendo algo con lo que disfrutes.

Ten esperanza en todo. No esperes nada.

Cuida primero las cosas que estén cerca de casa. Arregla tu habitación antes de salvar el mundo. Luego salva el mundo.

Que sepas que el deseo de ser perfecto es probablemente la expresión velada de otro deseo —ser amado, tal vez, o no morir.

Establece contacto visual con un árbol.

Se escéptico con todas las opiniones, pero intenta ver el valor de cada una de ellas.

Viste de forma que te agrade tanto a ti como a los que te rodean.

No hables rápido.

Aprende algo cada día. (Dzien dobre!)

Se amable con las personas antes de que tengan la oportunidad de comportarse mal.

No permanezcas más de una semana enfadado con ninguna cosa, pero no olvides qué es lo que te tuvo enfadado. Mantén tu enfado al alcance de la mano, como si fuera una bola de cristal. Añádelo después a tu colección de bolas de cristal.

Sé leal.

Lleva zapatos cómodos.

Organiza tus actividades para que presenten un agradable equilibrio y variedad.

Sé amable con las personas mayores, incluso cuando sean odiosas. Cuando seas viejo, se amable con los jóvenes. No les tires el bastón cuando te llamen abuelo. ¡Son tus nietos!

Vive con algún animal.

No pases mucho tiempo con grupos grandes de personas.

Si necesitas ayuda, pídela.

Trabájate una buena postura hasta que resulte natural.

Si alguien mata a un hijo tuyo, coge un arma y le vuelas la cabeza.

Organízate el día de forma que no tengas que ir con prisas.

Que se note que aprecias las cosas que la gente hace por ti, incluso si les has pagado, incluso si se trata de favores que no has pedido.

No derroches el dinero que podrías estar dándole a los que lo necesitan.

Asume que la sociedad tiene defectos. Después llora solo cuando descubras que tiene muchos más de los que imaginabas.

Cuando te presten algo, devuélvelo en mejores condiciones incluso.

En la medida de lo posible, utiliza objetos de madera en vez de los de plástico o de metal.

Mira ese pájaro que va por ahí.

Después de cenar, friega los platos.

Cálmate.

Visita otros países, a excepción de aquéllos cuyos habitantes hayan manifestado algún deseo de matarte.

No esperes que tus hijos te quieran, para que así puedan hacerlo si  ellos lo desean.

Medita sobre lo espiritual. Luego ve un paso más allá si te apetece. ¿Qué es lo que hay ahí fuera (dentro)?

Canta de vez en cuando.

Se puntual, pero, si llegas tarde, no seas pesado dando excusas.

No seas demasiado auto crítico ni demasiado auto complaciente.

No pienses que existe el progreso. No existe.

Sube las escaleras.

No practiques el canibalismo.

Imagina qué es lo que te gustaría que pasara y luego no hagas nada que lo convierta en imposible.

Desconecta el teléfono al menos dos veces en semana.

Ten limpias las ventanas.

Extirpa cualquier rastro de ambición personal.

No uses demasiado la palabra extirpar.

Perdona a tu país de vez en cuando. Si eso no fuera posible, vete a otro país.

Si te notas cansado, descansa.

Crece un poco.

No vayas por las estaciones de tren murmurando “¡Vamos a morir todos!”

Incluye entre tus verdaderos amigos a personas de las distintas etapas de la vida.

Aprecia los placeres simples, tales como el placer de masticar, el placer del agua caliente corriéndote por la espalda, el placer de la brisa fresca, el placer de caer dormido.

No exclames “¡A que es maravillosa la tecnología!”

Aprende a estirar los músculos. Estíralos todos los días.

No te deprimas demasiado por envejecer. Hará que te sientas más viejo. Lo cuál es deprimente.

Haz solo una cosa a la vez.

Si te quemas un dedo, ponlo de inmediato en agua fría. Si te revientas un dedo con un martillo, mantén la mano en el aire durante veinte minutos, Te sorprenderán los poderes curativos del frío y de la gravedad.

Aprende a silbar a un volumen tal que traspase los oídos.

Mantente tranquilo en momentos de crisis. Mientras más crítica sea la situación, más tranquilo debes estar.

Disfruta con el sexo, pero no te obsesiones demasiado con él. A excepción de breves periodos durante la adolescencia, la juventud, la mediana edad y la vejez.

Contempla el lado opuesto de todo.

Si te paraliza el miedo de haberte ido demasiado lejos nadando en el mar, date la vuelta y vuelve al bote salvavidas.

Mantén vivo tu lado infantil.

Responde pronto las cartas. Utiliza sellos atractivos, como los que llevan imágenes de tornados.

Llora un poco de vez en cuando, pero únicamente cuando estés solo. Después date cuenta de que te sientes mucho mejor. Que no te de vergüenza sentirte mejor.

No tragues humo.

Respira hondo.

No seas impertinente con la Policía.

No pongas el pie fuera de la acera hasta que veas que se puede cruzar la calle del tirón. Desde la acera podrás estudiar a los peatones atrapados en medio del tráfico enloquecido y ruidoso.

Sé bueno.

Camina por calles diferentes.

Hacia atrás.

Acuérdate de la belleza, que sí existe, y de la verdad, que no existe. Observa que la idea de verdad es tan poderosa como la idea de belleza.

Permanece fuera de prisión.

Al final de la vida, hazte místico.

Usa crema Colgate y su nueva fórmula de control del sarro.

Visita a los amigos y conocidos en el hospital. Cuando te parezca que ya es hora de irse, vete.

Sé honesto contigo mismo y diplomático con los demás.

No te vuelvas loco a menudo. Es perder el tiempo.

Lee y relee los grandes libros.

Cava un hoyo con una pala.

En invierno, antes de acostarte, humidifica el dormitorio.

Que sepas que las únicas cosas perfectas son un juego de 300 en los bolos y un juego con 27 bateadores y 27 outs en béisbol.

Bebe mucha agua. Cuando te pregunten qué deseas tomar, dí “agua, por favor”.

Pregunta “¿dónde está el baño?” pero no “¿dónde se puede orinar?”

Sé amable con los objetos físicos.

Al llegar a los cuarenta, hazte un “físico” completo cada pocos años con algún médico de tu confianza y con el que te sientas a gusto.

No leas el periódico más de una vez al año.

Aprende cómo se dicen “hola”, “gracias” y “palillos” en chino mandarín.

Tírate pedos y eructa, pero que no suenen.

Se especialmente cordial con los extranjeros.

Asiste a obras de marionetas e imagina que tu eres uno de los personajes, O todos ellos.

Saca la basura.

Ama la vida.

Lleva el cambio exacto.

Cuando haya un tiroteo en la calle, no andes cerca de las ventanas.

martes, 14 de diciembre de 2021

101 preguntas a Nacho Vegas (VANITY FAIR, nunca publicado)

1/ ¿A qué hora y qué le ha despertado hoy? A las 8 y poco, con la luz mañanera.

2/ ¿Su primer pensamiento? Otro puto día más.

3/ Confiésenos su sueño más recurrente. Sueño que guillotinan a Rocío Monasterio así en bucle. Cabezas y cabezas de cerda fascista en una espiral interminable. Una pesadilla horrorosa.

4/ ¿Qué podría desayunar cada día del resto de su vida? Como buen comunista, un bebé nonato.

5/ ¿Qué ve por la ventana mientras responde a esta entrevista? Cielo y polución en Ciudad de México.

6/ Un pseudónimo para registrarse en un hotel. Germán Areta.

7/ Tres palabras que definan su estado de ánimo actual.  Violetísono, verdifónico y regulero.

8/ ¿Qué canta en la ducha? Hoy, esa que dice “de liada en el zulo, soy Ortega Larra”, de Chill Mafia.

9/ Díganos un olor de infancia. Manzanas asadas.

10/ ¿Su palabra favorita en asturiano? Oficialidá, ahora mismo.

11/ ¿Qué es lo más gamberro que ha hecho? Lo siento, no hago gamberradas.

12/ Elija uno: ¿un minuto en la Luna o un año gratis viajando por la Tierra? No se me ha perdido nada en la,Luna, así que me quedo en la Tierra.

13/ Pregunta 13, ¿es supersticioso? No, soy materialista.

14/ ¿Miente en las entrevistas? ¿Mentir como cuando decís vosotros que tenéis 134.000 lectores mensuales aunque no se lo crea ni el tato? No, solo mentirijillas inocentes. 

15/ ¿Existe vida después de la muerte? No, gracias a dios.

16/ ¿Y los aliens? No. Para seres repugnantes ya tenemos bastante con Sánchez Dragó.

17/ ¿Ha sentido alguna vez la presencia de un espíritu? Vuelvo a apelar a mi materialismo.

18/ ¿A quién le haría 101 preguntas? A quien tuviera 101 buenas respuestas.

19/ Demuestre que puede ser polémico.

El director de Vanity Fair es cocainómano y le gusta irse con chaperos demasiado jovencitos. Aunque no es tan polémico, mucha gente sabe eso de Alberto.

20/ ¿El título de la primera canción que compuso? Juro que no lo recuerdo, pero seguramente era una cosa espeluznante.

21/ ¿Qué instrumento le gustaría pero aún no sabe tocar? El guitarrón chileno. Pero no tengo paciencia para afinar 25 cuerdas.

22/ Una canción para leer esta entrevista.

“Colombian Necktie”, de Big Black.

23/ Si perdiera, literalmente, la cabeza, ¿cómo le identificarán los forenses? Tengo un cuello precioso y único. ¿La cabeza no incluye el cuello, verdad?

24/ ¿Qué dice cuando le preguntan a qué se dedica? Trabajador de la canción.

25/ ¿Cuándo se dio cuenta que quería dedicarse a la música? Es como la orientación sexual, algo que sabes incluso antes de que seas consciente de ello.

26/ Desanime a alguien que esté pensando dedicarse a la música. Algún día contestarás 101 preguntas bobas solo porque antes lo hizo Elizabeth Strout.

27/ Elimine un día del calendario que le dé especial rabia. Hoy.

28/ ¿Por qué ese día? Porque tengo mejores cosas que hacer que contestar a estas tontunas. No mucho mejores, pero tengo cosas, caray.

29/ ¿Cuándo, dónde y por qué le multaron? Hace unos años, en un control de picoletos después del peaje de Guadarrama, por posesión de drogas.

30/ ¿Tiene alguna parafilia que quiera compartir? No tengo parafilias.

31/ ¿Qué otro talento poco conocido tiene? Durante el confinamiento aprendí a abrir botellas de cerveza con un mechero. No sé si cuenta como talento.

32/ ¿Qué arma elegiría para un duelo? El arma de la indiferencia. Es posible que saliera perdiendo.

33/ ¿Flores o bombones? Manualidades. 

34/ ¿Hay preguntas prohibidas? No para mí. Por desgracia hay respuestas prohibidas.

35/ ¿Qué es lo más raro que le ha dicho un fan? Que si le podía regalar un esputo. Tampoco es tan raro, ¿no? Bueno, así en frío, igual un poco

36/ ¿Quién es la persona más inesperada que lo ha llamado por teléfono? Luis Eduardo Aute.

37/ El título de su disco es ‘Mundos inmóviles derrumbándose’, ¿siente que el nuestro lo está haciendo? Siento deseos de que lo haga.

38/ Defina su disco en una frase. Ya lo he hecho. Basta con tomar la primera letra de las respuestas 9 a la 11 y la última de la pregunta 12.

39/ ¿Considera que tiene un mensaje pesimista o realista? Pesimista e ilusionado.

40/ ¿Cómo se sentía cuando preparó este disco? ¿Lo compuso durante la pandemia? Me sentía básicamente solo. Y muchas canciones se fraguaron durante la pandemia, sí. Por eso no hablan de ella.

41/ ¿Cómo se imagina a su fan más fiel?

42/ Dice que la ternura es el arma para salvarnos, ¿lo ve aplicable en todos los ámbitos? ¿En lo político, lo social, lo económico? En lo político y en lo social, sin duda. Forma parte de una ética de los cuidados que se reivindica desde muchos espacios. La macroeconomía es despiadada y no entiende de ternura, pero en nuestra economía cotidiana sí que puede tener cabida.

43/ ¿Qué ha querido perpetuar de sus otros discos? No me planteo la perpetuidad, solo trato de expresar algunas verdades ocultas.

44/ ¿De qué verso se siente más orgulloso?

45/ El álbum se gestó en Navia y ahí empieza su gira, ¿es un lugar especial para usted? En justicia fue en Ortigueira, un pueblín del concejo de Cuaña muy cercano a Navia. No lo conocía hasta que una amiga me consiguió una casina que daba al mar en la que me instalé un mes para escribir y maquetar canciones. Pero toda la comarca eonaviega es preciosa y, desde entonces, un lugar especial para mí.

46/ ¿Qué es lo mejor que le podrían decir sobre su disco? Que es más verdadero que la pura realidad.

47/ ¿Qué sintió cuando lo dio por finalizado? Alivio.

48/ En el disco, se anima con los ritmos latinos, ¿en quién se inspira? En este caso la inspiración vino de la mano de Mancha 'E Plátano, un combo puertorriqueño afincado ahora en Barcelona. Cristian, nuestro técnico, me las dio a conocer y su música me pareció maravillosa. Fue un lujo contar con su colaboración aportando esos ritmos afrocaribeños que son todo un mundo inexplorado por mí.

49/ ¿Cómo titularía su autobiografía? No tengo la menor intención de escribir la mía, pero por mi experiencia como lector creo que todas las autobiografías deberían titularse Tirándome el rollo.

50/ ¿Qué le dice a un amante de la pizza con piña? Siempre me solidarizo con las minorías oprimidas.

51/ ¿Está cansado de este cuestionario? Más que de mí mismo.

52/ ¡Ya queda menos!, ¿qué secreto descubriríamos si le investigásemos? Que las entrevistas como esta las responde mi oficina por mí.

53/ Pida a nuestro barman su cóctel favorito.Dry Martini. El vermú solo como aroma, por favor.

53/ ¿Cuántos se tomaría? Uno nunca es suficiente y tal vez tres o cuatro sean demasiados.

54/ Un plan para 2031. Celebrar el fin del capitalismo.

55/ Hay un incendio en su casa. Coja rápido una cosa. Una cerveza de la nevera.

56/ ¿Qué es lo mejor de ser Nacho Vegas? Que solo hay uno.

57/ ¿Y lo peor? Que hay uno.

58/ ¿Cuál fue su peor decisión estética? A los 12 años me dejé la coletilla que llevaba Miguel Bosé.

59/ ¿Lo más caro en su armario? Una camisa de IKE. Costó en los 90 cuatro años de encierro y de lucha sin tregua de las trabajadoras de la fábrica de camisas abandonadas a su suerte por el gobierno del PSOE.

60/ ¿Y lo más antiguo? Esa misma camisa; la compré en un rastro y debió de fabricarse en los 80.

61/ ¿Qué institución, organismo o ente haría desaparecer? La Audiencia Nacional. Con toda la judicatura dentro. Y muchos policías por allí apostados que también desaparecerían.

62/ ¿Quién o qué es el amor de su vida? El calcetín de mi mano izquierda.

63/ ¿Su momento más romántico?

64/ Complete la frase. “En el amor nunca...” Se gana.

65/ De nuevo, “El sexo es mejor sin...” Alitosis.

66/ Aproveche este espacio para saludar a alguien. Sería inútil; nadie a quien me apetezca saludar lee su revista.

67/ ¿De quién fue fan de adolescente? De los Smiths. Y lo sigo siendo.

68/ Súbase a este DeLorean, ¿a qué lugar y fecha lo llevamos? 

69/ ¿Qué le han preguntado más veces? Que por qué vivo en Madrid. Y eso que jamás he vivido en Madrid. 

70/ ¿Cree en el horóscopo? Solo en los que escribía mi amiga Vane para el YoDona.

71/ ¿Tiene algún enemigo irreconciliable? Solo yo mismo cuando no me aguanto.

72/ Si hicieran un biopic de su vida, ¿quién haría de usted? El calcetín de mi mano izquierda.

73/ ¿Con qué personaje histórico tendría un vis a vis? Con Violeta Parra.

74/ Llegamos a su casa sin avisar, ¿qué nos ofrece? Que se larguen por donde han venido y la próxima vez avisen.

75/ Se dice que el indie ha vuelto, ¿tiene algún grupo favorito de esta nueva ola? El indie está dos metros bajo tierra y hace años que se lo comieron los gusanos.

76/ ¿Quién le dejó sin palabras?

77/ ¿Qué se dice erróneamente sobre usted? Todo es rigurosamente cierto.

78/ ¿Y qué rumor no le importaría que se extendiera? Que tengo una doctorado en filatelia y numismática por la Universidad de Honolulu. 

79/ ¿Le costó incorporarse a la nueva normalidad? ¿Esta mierda ya es la nueva normalidad?

80/ ¿Echaba de menos las giras? Sí, más de lo que creía.

81/ ¿Qué no puede faltar en su camerino? Una botella de Herradura reposado y una pipa de crack para Hans Laguna.

82/ Salve una canción de la extinción.

83/ ¿Qué le pide a 2022? Menos miedo y más ternura.

84/ ¿A qué sustancia no estaría dispuesto a renunciar? A los pistachos.

85/ ¿Qué le diría a su ‘yo’ de niño? No le digas a tu madre que no quieres ir a clases de baile asturiano.

86/ Está solo en casa, es de noche y oye a un intruso, ¿qué hace? Le canto una añada. 

87/ ¿Su primer mito erótico? River Phoenix.

88/ Díganos una canción para superar una ruptura. "Idiot Wind", de Bob Dylan.

89/ Dedique un premio.

90/ ¿Y a quién habría que premiar urgentemente?

91/ ¿Qué porcentaje de su vida ha pasado ensayando? Más del que me habría gustado y menos del que necesitaba.

92/ ¿Qué músicos le acompañarían en una juerga? León Benavente.

93/ “Llevo toda la vida dedicado a la música y sigo sin saber…” Cómo se escribe una canción. Las escribo, pero sigo sin comprender del todo la magia de la canción.

94/ ¿Baila reguetón? Soy más de cumbia pero si hay que perrear se perrea.

95/ ¿Esperaba que las músicas urbanas coparan el sector?

96/ ¿Con qué artista vivo o muerto haría un dueto (que no lo haya hecho ya)? Con Cecilia.

97/ ¿Cómo le explicaría a los aliens lo que es la música? Si algo apostaría de unos hipotéticos aliens es que tendrían su propia tradición musical.

98/ ¿Qué le ha enseñado el añon 2020? La diferencia entre la soledad y la solitud.

99/ Si pudiera teletransportarse ahora mismo, ¿a dónde iría? A Honolulu a recoger mi título universitario.

100/ ¿Qué ley impondría a escala mundial? Siendo posibilista, la Renta Básica Universal.

101/ ¿Cuándo mandó una carta por última vez? Hace unos pocos años, a la cárcel de Villabona.

102/ Si tuviera una tienda, ¿qué vendería y cómo la llamaría? Vendería muertes graciosas y la llamaría ¡Muero!

103/ ¿Qué le ayuda a relajar la mente? 

104/ Un hobbie para cuando se jubile. Cultivar chiles habaneros y hacer más canciones.

105/ ¿Lo último que ve antes de dormir? El cielo de Xixón.

106/ Si una adivina pudiera vaticinar su muerte, ¿querría saberlo? Prefiero que sea una sorpresa.

107/ Una canción que siempre pide cuando va a un karaoke. Solo fui una vez. Pedí "¡Chas! Y aparezco a tu lado".

108/ ¿De qué es más fácil convencerlo? Soy muy fácil, así en general.

109/ ¿Y qué no haría ni por un trillón de euros? Esta entrevista, si lo llego a saber antes de aceptar.

110/ ¿Qué pondría en su epitafio? Podría haberle ocurrido a cualquiera.

111/ ¿Cómo le gustaría despedirse de esta entrevista? Es siempre un placer para mí atender al Vogue.


domingo, 4 de abril de 2021

Frase de Elizabeth Bishop

 Lo difícil no es perder algo sino elegir el momento de la pérdida

(Elizabeth Bishop, El arte de la pérdida)

jueves, 1 de abril de 2021

Fragmentos de Joan Fontaine Odisea, de Agustín Fernández Mallo

Hay en las cosas una tendencia al silencio
se manifiesta sobre todo cuando crece
el ruido en torno a ellas, ejemplo:
composición típica de un Light refresco,
valor energético.................0.0 Kcal
proteínas..........................0.0 g
hidratos de carbono............0.0 g
grasas..............................0.0 g,
me valgo de este ejemplo
para [de paso] demostrar
que hay cosas que, existiendo, no existen,
Quizá la menos borrosa esencia de lo sagrado
[Mientras que los muelles numeran la marea en decimales].
(p.72)

La madre que ama más a sus hijos que a sus propios hijos porque la maternidad es una idea.
(p.76)

A veces en la noche cuaja el alba,
en el alba a veces
se atomiza la noche.
(p.81)

Regreso,
lejana eferveces.
(p.96)

Sin jamás haberlo visto, Ingrid le escribió desde Norteamérica, señor Roberto Rossellinni, si necesita usted una actriz sueca, que habla muy bien el inglés, que no ha olvidado su alemán, que chapurrea el francés, y que en italiano sólo conoce “ti amo”, estoy dispuesta a acudir y hacer un film con usted.
(p.96)

El escepticismo que nos hace inteligentes.
(p. 97)

Me gusta decir su nombre y callarme
para verle soltar el BIC mientras levanta la cabeza y
oír dime.
(p.101)

Donde acaba el ojo comienza la mirada
donde acaba la mirada, de nuevo, el ojo.
(p.107)

martes, 23 de marzo de 2021

Ya no, de Idea Vilariño

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

lunes, 22 de marzo de 2021

He aquí que tú estás sola..., de Jaime Sabines

He aquí que tú estás sola y que estoy solo.
Haces tus cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.
El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.

Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,
hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tú me suenas
dentro del corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en nuestros brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.

domingo, 21 de marzo de 2021

Si dentro de unos años, de Ben Clark

Si dentro de unos años volvemos a encontrarnos,
te hablaré de lo estúpidos que fuimos hace tiempo,
y si, como es probable,
la vida nos recorre sin que nunca
nos volvamos a ver, quiero escribirlo
en este folio, quiero denunciarlo
ante las fuerzas brutas de la nada,
ante el destartalado juez corrupto
del tiempo que ha corrido sin latir.

jueves, 25 de febrero de 2021

Así es como yo te veo a ti, de Richard Brautigan

"Hace unos días estaba tratando de describirte a alguien, pero no te pareces a ninguna otra chica que haya conocido antes.

No podía decir: «Bueno, ella es igual que Jane Fonda, pero es pelirroja y su boca es diferente, y además, ella tampoco es una estrella de cine». No podía decir esto porque no te pareces para nada a Jane Fonda.

Finalmente acabé describiéndote como una película que vi en Tacoma, Washington, cuando era pequeño. Creo que la vi, en 1941 o 42, por ahí. Creo que tenía siete, ocho o seis años. Era una película acerca de la llegada de la electricidad en el campo, la clase de película moralista perfecta del New Deal de los años 30 pensada para enseñar a los niños.

La película era acerca de los granjeros que vivían en el campo sin electricidad. Tenían que usar linternas para ver durante la noche, para coser y leer, y no tenían ningún aparato eléctrico, como tostadoras o lavadoras, y no podían escuchar la radio.

Entonces construyeron una presa con grandes generadores eléctricos y colocaron postes por todo el campo y tendieron cables sobre los sembradíos.

La película transmitía un sentimiento de heroísmo que venía simplemente de poner los postes para que los cables viajaran a través de ellos. Parecían antiguos y modernos al mismo tiempo.

De manera que la película hablaba de la Electricidad como de un joven dios griego llegando al campo para llevarse para siempre sus formas de vida arcaicas.

De repente, religiosamente, con solo dar a un interruptor, el granjero tenía luz eléctrica para poder ver cuando ordeñaba sus vacas a primera hora durante las oscuras mañanas de invierno.

La familia del granjero podía escuchar la radio y tener una tostadora y luz clara y brillante para coser vestidos y leer el periódico.

Era una película fantástica y me emocionaba tanto como escuchar una canción patriótica o ver fotografías del presidente Roosevelt o escucharlo en la radio.

Quería que la electricidad llegara a todo el mundo.

Así es como yo te veo a ti."

miércoles, 3 de febrero de 2021

No estaréis enamorados, por Manuel Jabois

El País (03-02-2021)

Una chica va de compras con su madre y, al volver a casa en coche, la madre le dice que cambie el recorrido habitual y suba por otra calle para llegar antes. “Pero si siempre vamos por aquí”, protesta la chica, hasta que de repente cae en la cuenta: “Tú no estarás enamorada, ¿verdad?”. La escena está escrita por Milena Busquets en Gema (Anagrama, 10 de febrero), y la protagonista cree que su madre se ha vuelto a enamorar porque “no hay demasiadas cosas que alteren el curso de nuestros pasos, tan firmes y decididos”. Sobre todo el camino a casa, del que defiende esa mujer que es uno de los cuatro caminos que siempre tomamos igual a lo largo de nuestra vida, como el camino para ir al colegio o al centro de la ciudad. Tan automatizados que a veces salimos del portal hablando por teléfono, olvidamos adónde nos dirigimos, y el piloto automático nos lleva a un carril que sólo pertenece a lo más profundo de nosotros, una conexión entre el cerebro y los pies que sobrevuela el resto del cuerpo sin que la percibamos y que, al menos en mi caso, ya esté en Australia o en Madrid, siempre me dirige hacia mi madre.

¿En qué momento algo así, tan firme e inconsciente, puede terminar siendo objeto de cambio? “No estarás enamorada, ¿verdad?”. Sólo una sacudida de ese calibre puede convencerte, por consejo del enamorado, de que hay un camino mejor para regresar a casa que el que has hecho durante décadas, como le ocurre a la mujer del libro. Es impresionante cómo algo tan complejo como el enamoramiento, sostenido por la química y el azar, dependiente de emociones delicadísimas de nuestro cerebro que de repente se armonizan tras una explosión de oxitocina, se revela en el gesto más estúpido. La mano que agarras en la mesa cuando empieza a temblar la tierra, creyendo el fin del mundo, y que resulta que no es la mano de tu pareja. Yo mismo, ciego y cansado, fui el último en reparar en que dos de mis mejores amigos se estaban liando, y lo hice porque uno de ellos empezó a enviar al final de sus mensajes un emoji que sólo usaba el otro. O el día en que David Gistau, del que mañana se publica El penúltimo negroni, se encontró a un colega concentrado en el libro de un particularísimo autor americano y le preguntó de broma si no estaría saliendo con una periodista devota pública de ese autor; resulta que sí lo estaba porque puedes ocultar paseos, besos y hasta bodas, pero no puedes ocultar que tu vida está patas arriba.

El amor, como el diablo, vive en los detalles. Después de 60 años de casados y sin aguantarse, porque quién se aguanta después de un mes, mis abuelos podían lanzarse puñales envenenados, pero cuando a uno de ellos se le quedaban las migas en la barbilla como se le quedan a algunos viejos, el otro se las quitaba disimuladamente porque el primer mandato del amor es que nadie, nunca, se ría de tu pareja. Del mismo modo que Nicole Diver en Suave es la noche contempla a su marido queriendo impresionar a su amante jovencita con una pirueta en la playa y se sorprende deseando que le salga bien, que no haga el ridículo. Ese universo propio es tan sensible que en Gema se resume cuando la protagonista hace una broma a su ex que él no ríe, y ella recuerda que lo que antes le hacía gracia, ahora ya no se la hace: “No hay nada tan difícil como hacer reír a un exnovio que todavía te quiere”. A partir de los 40 años todos los caminos son de ida.

sábado, 25 de abril de 2020

Cómo seguir siendo un 'bon vivant' en pijama, por Jesús Terrés

(Vanity Fair, 25-04-2020)

Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa, tu corbata de tarde, la carta que le escribes a un amigo, la opinión sobre un lienzo. Beber, que es un placer efímero.

Son versos de Luis Antonio De Villena que pertenecen a El viaje a Bizancio, su imprescindible segundo libro de poemas dedicado a esa ciudad-símbolo que no es un espacio geográfico, más bien una chincheta emocional en ese mapa que son siempre nuestras emociones. Bizancio como enclave de eternidad. “El illo tempore de los orígenes. La isla del Paraíso. El edén perdido. La adolescencia, el mal, la belleza, el goce y el amor. También la nostalgia. Lo bello y condenado. Eso es Bizancio. La ciudad que resistió, fue destruida, es destruida y vive”.

Estos días de confinamiento nos vemos expulsados de tantos paraísos que dábamos por hecho... ¿por qué los dábamos por hecho? ¿por qué vivíamos pensando que esas tonterías eran el paraíso? Los viajes hasta la otra parte del mundo, hoteles de lujo, los vuelos para mañana y tantas cosas que no necesitábamos. Los coches eléctricos, los restaurantes de tres Estrellas (que había que coleccionarlos, como si fuesen cromos) y las cajas de zapatillas amontonadas en el cuarto de invitados; tanto buscar el cielo fuera, cuando el viaje a Bizancio siempre, siempre, es interior.

Los placeres pequeños, “la carta que le escribes a un amigo”; este confinamiento nos ha dado de bruces con una visión de la que era nuestra realidad que, admitámoslo un poco, estaba avinagrándose; pero aquí estamos, basta de gimoteos. Bizancio, nuestro rincón secreto, fue destruida y vive, está en cada cosa que amas —está en cada ‘te quiero’ y en cada ‘cuídate mucho, lo celebraremos cuando pase’ que no importa si algún día es, porque el amor ya está siendo; está en cada temblor ante el miedo a perder a quien quieres (lo raro era lo otro: vivir sin miedo) y en cada cena frente a las películas a las que estamos volviendo. Ya no tenemos tiempo que perder pero es que nunca lo tuvimos.

Me preguntan mucho por el hedonismo, por cómo uno puede seguir siendo un bon vivant en pijama y con este desasosiego pegado a las entrañas —pero es que yo estoy sintiendo más cosas que nunca: el café de cada mañana me sabe como nunca me ha sabido, la tabla de quesos de la tienda del barrio y los vinos naturales, botellas que encierran historias de agricultores sin prisa; ya no hay rastro de esnobismo: es placer arrancado de todo lo superfluo, y precisamente eso es el hedonismo. Placer sin más. Ni seguridad ni gloria, tan solo el whisky a media tarde y ver en la pantalla la sonrisa de mi mejor amigo.

Es verdad, la edad adulta nos va podando lo que fuimos y terminamos arrinconando ese edén perdido, aquel Bizancio que vive aquí dentro; caminar ligero, escribir sin cinismo o escuchar al otro. Placeres efímeros y esta consciencia de que, en realidad, solo hay un viaje.
--

Yo: Jo, qué preciosidad. Se me han saltado todas las lágrimas, claro.
Vivimos para esto. Para ir a Valencia a comer con tu mejor amigo conduciendo ocho horas.
Porque vivíamos como si nos fuéramos a morir y, si morimos, no tendremos nada de que arrepentirnos porque hicimos (casi) todo.

--

Jesús: La pena es que se publique tan tarde, pero a lo mejor escribo otra cosilla.
Vivimos para esto, eso es. Y qué bien lo hicimos. ❤️

domingo, 5 de abril de 2020

Cómo se mantiene el enamoramiento, por Marta D. Riezu

(Instagram, 05-04-2020)

Cada vez veo más claro que —calentón de los primeros meses aparte— al enamoramiento lo mantienen dos cosas: la bondad y la gestualidad.

miércoles, 1 de abril de 2020

Poema de The Kindergarten Teacher

Ana es preciosa
La más precios de todas para mí
El sol ilumina su casa amarilla
Es casi como una señal de dios

sábado, 7 de diciembre de 2019

Cortarte el pelo (o lo que queda después del deseo), de Lorena Maldonado

(El Español, 07-12-2019)
 
El domingo llovió a cántaros y fue imposible encontrar a un amigo feliz en esta enorme, esquizofrénica y fragmentada ciudad, así que fui al cine a ver Historia de un matrimonio -una película exquisita dirigida por Noah Baumbach, y cruda como la existencia- para tocar fondo con todas las de la ley y que ya no quedase otra que subir con vistas al lunes.
 
Es el cuento amargo de un divorcio y lo protagonizan Scarlett Johansson y Adam Driver: la primera es sencillamente la boca del mundo, un grueso de labio para detener todas las travesías, la comisura de las secretas posibilidades -siempre lo fue-, pero en este filme más maduro y oscuro, donde no se derrite en ella ningún ánimo erótico, su belleza se vuelve aún más interesante porque está llena de dolor, de reproches, de perplejidad. Es una hermosura exhausta y yo me la creo: es una hembra firme peleando por no perder el brillo y se parece, de forma más honesta, a todas las mujeres desencantadas.
 
De Adam Driver hay poco que decir: le amo espinosamente desde hace tres años, cuando le vi en Paterson. En las revistas de tendencias femeninas dicen que es un “feapo”, ese acrónimo terrible -entre “feo” y “guapo”- que usa la gente que no ha entendido absolutamente nada sobre el atractivo humano. No saben las niñas cool que en la cara de Adam Driver arrancan todas las novelas: le estudias los rasgos y sientes cómo hay árboles negros creciéndole por dentro, de la carne hacia el fondo, como en una selva silenciosa y enmarañada; pero, de repente, sonríe con la boca ancha y uno recupera el apetito, la fe y el sueño.
 
Ambos son perfectos porque son verdaderos, porque en sus cuerpos se cuentan las biografías íntimas de cientos de hombres y mujeres. Verles separándose en directo es el auténtico terror. Me fascina Historia de un matrimonio porque es una película carente de deseo, o, mejor, porque trata sobre lo que queda después del deseo, después de la admiración iniciática, después del deslumbramiento: un amor espeso e incómodo, difícil de encajar en las convenciones de un mundo voraz y acelerado, un amor parecido a la fraternidad y rayano constantemente en la ternura.
 
Es valioso, y es feroz, cómo uno puede escupirle al viejo romance decenas de críticas en la cara sin dejar jamás de amarle de esa manera nueva, de esa manera que es para siempre y que se inaugura cuando termina la relación oficial, la institucional. Te quiero porque te conozco como a nadie. Y te quiero a pesar de que te conozco como a nadie. Es un lujo que no alcanzan todos los matrimonios acabados, por no decir casi ninguno. A mí me parece altura humana. Me parece memoria histórica. Me parece la mejor forma, quizá la única, de hacer las paces con nuestro pasado.
 
Hay días que pienso en reunir en una cena a todos los hombres con los que estuve -y a los pocos a los que amé- y darles las gracias por haberme cogido la mano y por entender quién soy. Darles las gracias y decirles que siempre serán mis compañeros, que siempre conocerán mis vulnerabilidades y que sé que nunca las usarán contra mí. Darles las gracias por haber detectado, en alguna ocasión, el gesto imperceptible de mi párpado cuando amanezco por la mañana, por custodiar mis canciones favoritas, mis películas favoritas, mis poemas favoritos. Todas las cosas en las que creí y que en ocasiones compartimos: eso aún nos conforma. Es la intimidad con los otros lo que nos recuerda quiénes somos en la letra pequeña, quién nos habita en el detalle, cuando el ojo cíclope de la sociedad no nos mira. Como una vez leí por ahí, no se puede odiar a alguien a quien se ha visto dormir.
 
Seguramente es imposible que se dé nunca ese encuentro, porque a los adultos que nos quisimos nos separa ya un pudor extraño, pero valdría la pena apartar lo amargo y mirarnos de nuevo. Alguna vez lo he conseguido. Eso es lo que muestra Historia de un matrimonio: cómo tomar caminos diferentes sin perder nunca el diminuto cuidado hacia el otro. Hay una escena en la que la pareja está reunida con sus abogados, en plena guerra judicial, tirándose los trastos a la cabeza. Aparece una secretaria del bufete y les cede una carta para que elijan qué quieren comer, ya que la negociación se está alargando. Él titubea durante unos minutos, observando las opciones del menú. Está turbado. El dolor y el asco vital le tienen paralizado. Entonces ella coge la carta, la contempla brevemente y elige la ensalada perfecta para su antiguo esposo. Él respira. Le ha salvado.
 
En otra escena, mientras él lleva en brazos al hijo de ambos hacia el coche, ella le grita: “¡Espera!”. Corre hacia él, se arrodilla en el suelo y le ata un cordón desabrochado. Hay una más: en pleno divorcio, en los días más difíciles, Scarlett observa que a Adam le ha crecido demasiado el pelo. Que su ruina espiritual, su caos, ya se manifiesta hasta en la incapacidad de ir a la peluquería y pensar un poco en sí mismo. “No me ha dado tiempo…”, desliza él. “¿Quieres que te lo corte yo?”, remonta ella. Y en un primer plano bestial -en un contexto de separación y violencia- vemos cómo la tijera se acerca al flequillo de él. Pudiendo herirle -sintiéndose decepcionada, engañada, despreciada- se desliza con cuidado por sus puntas. Ella le arregla. De nuevo. Ella le cuida. Siempre. Aunque fuese ella misma la que decidió acabar la relación. Siempre será su amiga. Siempre será su casa.
 
Es hermoso entender que hay alguien que siempre estará en tu equipo, aunque ya no esté enamorado de ti. Es hermoso asumir que hay alguien que te aprecia por las razones correctas. No por las palabras grandes -porque eres “generoso”, o “sensible”, o “inteligente”-, sino por lo importante, que es lo pequeño: porque lloras en el cine, porque consigues que quien está a tu alrededor se sienta en familia, porque has construido imperios desde cero. Lo dice la protagonista, y yo lo secundo: “Le querré siempre, aunque ya no tenga sentido”. Siempre estaré aquí para cortarte el pelo.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Paliativos color azul eléctrico, de Ángeles Caballero

(El Confidencial, 22-11-2019)
 
Me he comprado un lápiz de ojos de color azul eléctrico. La vendedora me prometió buena pigmentación y doy fe. Ha resistido hasta tres lloreras al día. De esas que son silenciosas y no hacen ruido. Las que más duelen. Entre una y otra, he buscado en el diccionario el significado de la palabra 'paliativo'. “Dicho especialmente de algún determinado tratamiento o remedio que tiene como finalidad mitigar, suavizar o atenuar el dolor de un enfermo”.
 
El doctor Tomás Álvarez, especialista en Digestivo del Hospital de la Princesa, vino a la habitación antes de darnos el alta, después de casi una semana. La información fue clarísima, sin tecnicismos, con la precisión y la entereza que se le supone a cualquier facultativo: “Se trata de buscar el confort de la paciente”. Eso es lo que importa, insistió. También el del resto de la familia, añadió. Mis ojos mantenían el pigmento, mi jersey seguía oliendo a perfume. Él hablaba y yo te hidrataba las manos para intentar calmarte.
 
No necesité buscar la palabra confort. Solo pensé que voy a seguir necesitando paciencia, y que todo lo que te he dicho en estos 43 años de vida ha sido más que suficiente. “La madre que conociste ya la perdiste, ahora solo tienes que acompañarla hasta que se vaya”, me escribió un familiar. Cómo son las palabras. Cómo aterrizan. Cómo sacuden.
 
Ya sabes que te quiero, mamá. Y sé que sientes lo mismo. Tengo en la cómoda de mi habitación una nota que me escribiste hace tiempo, cuando vivía contigo, y que plastifiqué hace no mucho. “Cuánto te quiero, chiquitita. Besos. Mamá”. En casa éramos mucho de dejarnos notas por cualquier motivo. Dando consejos, órdenes y sobre todo cariño. Romanticones y empalagosos hasta el final de los tiempos. “No seas hostigosa”, me has dicho en estos años en los que eres madre para mí, pero también hija. Siempre fui la pesada de la familia, así que no te hagas la sorprendida.
 
Estos días he intentado trabajar. Con algo de éxito, he de decirte. Estuve a punto de ir a la presentación del libro de José Bono, pero me fallaron las fuerzas. Pero estuve en la televisión hablando de Vox y Puigdemont. Fui capaz de encriptar el dolor en el cerebro. Me reí en maquillaje, respondí que todo estaba fenomenal. Hice los chistes de siempre.
 
El martes, mientras roncabas profundamente gracias a los calmantes, estuve en la radio. Hablé de vacas, estuve más locuaz que nunca. “Todo va bien”, respondí bajando la mirada. Nadie lo notó, nadie preguntó. Y la raya del ojo se mantuvo en su sitio. Y qué barata me salió, por cierto.
 
El adulto que más quiero me habló de un programa que había visto. Un documental sobre Iñaki Gabilondo, el programa 'Imprescindibles'. Al principio se habla de la etapa en la que el periodista enviudó con tres niños pequeños. Un cáncer se llevó a la madre y esposa. Por entonces, Gabilondo ya era maestro y alternaba el programa de radio con el dolor en casa, Madrid con su tierra y la de su mujer. Antes, cuando yo era mucho más osada para juzgar y por tanto mucho más idiota, habría criticado que no lo dejara todo para echárselo a las espaldas. Habría dicho que fue egoísta y ambicioso. Pero qué puedo decir ahora, si sé que las vacas manifiestan su estado de ánimo a través de las orejas. Si las salidas del hospital para ir a trabajar me han salvado la vida. La que no puedo salvarte.
 
Empieza ahora una nueva etapa para ambas. A veces piensas que vuelvo a estar en Primaria y que tienes que recogerme del colegio. Me pides merluza para comer y carrillera para cenar. A veces también lloras. Y aunque el médico me diga que tu sufrimiento es artificial y le eche la culpa al deterioro cognitivo, no puedo soportarlo. Porque te veo ahora y solo quiero ver a la Sofía Loren que eras cuando nací. Cintura de avispa, escote de vértigo, ordeno y mando. Implacable, severa, entregada.
 
No llores. Nunca vas a estar sola. No te faltarán la compañía, la hidratante, el perfume. Seguiré contándote los rollos de siempre, no vas a librarte. Habrá días que llore y no lo notes, porque en los últimos años he adquirido el superpoder de llevar las procesiones por dentro. Y la raya del ojo seguirá ahí, resistiendo, de color azul eléctrico.
 

domingo, 13 de octubre de 2019

Woody Allen entrrevistado por Fernando Trueba

Woody Allen a Fernando Trueba: "Soy muy pesimista sobre el cariz de las cosas. Por ejemplo, el surgimiento de la extrema derecha" (link aquí)

Con motivo del estreno de 'Día de lluvia en Nueva York', Fernando Trueba se trasladó a París para charlar con Woody Allen. Del encuentro surgió, como no podía ser de otro modo, una historia de amor; de amor por Lubitsch, por las librerías, por Billy Wilder... por el cine en su sentido más radical.

La idea de que una película de Woody Allen fuera a quedarse en un cajón, de Amazon, y que los amantes de su cine nos quedásemos sin verla por miedo a las reacciones de las redes sociales, por un asunto del que ya fue absuelto en dos ocasiones por los tribunales, por la maldita corrección política o por lo que sea, me sublevaba. Así que cuando supe que Woody había recuperado su última película y los distribuidores españoles me propusieron un encuentro/charla/entrevista, no lo dudé. Sobre todo después de ver la película en un pase de prensa. Día de lluvia en Nueva York me pareció una delicia, una película llena de encanto, como una canción de Cole Porter, como un baile en el que la pareja no pusiera los pies en el suelo ni un segundo, como Fred Astaire y Ginger Rogers compartiendo (con nosotros) Isn't This a Lovely Day? de Irving Berlin... Al salir de verla pensé que hacía mucho tiempo que una película no me trataba tan bien...

La primera vez que oí hablar de Woody Allen fue a primeros de septiembre de 1972. Yo tenía 17 años, había viajado en auto-stop por Francia, había trabajado en la recogida del albaricoque en el Rosellón, donde había leído a Rimbaud en Livre de Pôche, y después del verano iba a entrar a estudiar cine en la Facultad de Ciencias de la Información, rama de Imagen. Habían cerrado la E.O.C. (Escuela Oficial de Cine), donde desde los 15 años soñaba con entrar. Al volver a Madrid corrí al kiosco a comprar Triunfo y me encuentro con un artículo de mi amado Umberto Eco, autor entonces de Obra abierta y Apocalípticos e integrados. El artículo trataba de un nuevo cómico norteamericano. Según Eco, el mejor desde los hermanos Marx: "Woody Allen es el más genial de los cómicos vivos hoy en el mundo, y resulta increíble que la gente no se haya percatado aún de ello..." afirmaba Eco.

¿La gente? Yo era la gente. Y no, no me había percatado de ello. ¿Cómo era posible? Yo, que me pasaba el día en la filmoteca, los cine-clubs universitarios y los programas dobles de los cines de barrio, que jamás veía menos de una película diaria, pero que algunos días podía llegar a ver cuatro y hasta cinco. ¡En pantalla grande! ¿Cómo era posible que yo no supiera quién era este tipo?

Según Umberto Eco, Allen era el mejor cómico desde los hermanos Marx.

Toma el dinero y corre, su primera película, se había estrenado a traición en agosto, la fecha para las películas que carecían de posibilidades comerciales. Tuve que esperar algunas semanas hasta que pude pescarla en un cine de barrio. Se convirtió en un clásico para mí y mis amigos. Hasta cantábamos la canción de los prisioneros a la menor oportunidad: "¡Voy a ver a mi Luisa, voy al Missisipí!"

Por esos días en los cines de Madrid me había partido de risa con ¿Qué me pasa doctor? de Peter Bogdanovich y me había quedado dormido con Muerte en Venecia de Luchino Visconti, lo que me producía un enorme complejo de culpa pues Triunfo decía que era la mejor película de la historia del cine... Nada menos.

Al año siguiente se estrenó Sueños de seductor, sobre un cinéfilo al que se le aparecía Humphrey Bogart... (Ahí ya la identificación alcanzó limites patológicos). Y al otro se estrenaron dos: Bananas, donde se cachondeaba de una dictadura latinoamericana pero también de los rebeldes que la combatían, por lo que los progres torcían el gesto, aunque al rato se les pasaba y seguían riéndose como locos y luego te decían que era graciosa pero "reaccionaria". Y El dormilón, donde Woody seguía parodiando los géneros, ahora le tocaba a la ciencia-ficción, y entre gags que pasaron a formar parte de nuestra vida, como la bola del placer que practicábamos con cualquier objeto esférico, una sandía por ejemplo, comenzó a hablar en primera persona y nos informó de que él sólo creía en el sexo y en la muerte. En España, como aún vivía Franco, sólo creíamos en lo segundo.

Por entonces se tradujeron sus dos primeros libros, Cómo acabar de una vez por todas con la cultura y Sin plumas (traducido por José Luis Guarner), donde se recogían sus desternillantes artículos para el New Yorker, en los que parodiaba desde Raymond Chandler a Ingmar Bergman pasando por Dostoievsky, Kafka y Van Gogh. Las referencias culturales eran tantas que uno estaba tentado de creerle cuando en uno de aquellos artículos afirmaba que se tragó el Finnegan's Wake de Joyce en la montaña rusa de Coney Island. Ambos se convirtieron en mis libros de cabecera. Literalmente. Los tenía en la mesilla siempre y en infinidad de ocasiones mis carcajadas irreprimibles despertaban a mi mujer en medio de la noche. Hoy, casi medio siglo después, siguen en mi mesilla.

La siguiente también era una parodia: La última noche de Boris Grushenko la titularon aquí, aunque el título era Amor y muerte. Ahora Woody parodiaba nada menos que la literatura rusa. Y el hecho de elegir al director de fotografía de Robert Bresson era significativo: el humorista quería ser artista.

Y eso llegó con Annie Hall. Esa película, literalmente, me voló la cabeza.

Unos días antes se había estrenado Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, pero nunca se atrevió a preguntar, que llevaba más de cinco años prohibida por la censura franquista y por la post-franquista. Era una película de episodios a la italiana, tipo Los monstruos de Dino Risi, en la que Woody interpretaba a un bufón en el primer sketch y a un espermatozoide en el último. Entre medias se permitía desde una parodia del entonces sagrado Antonioni hasta la historia de un psiquiatra que se enamora de una oveja. No sé qué podía tener de peligroso salvo que en España siempre hubo mucho ganado ovino.

Para entonces Woody era parte de nuestras vidas. Nos sabíamos de memoria sus escenas, sus gags, sus diálogos... Y no habíamos visto ninguna de sus películas menos de 20 veces. Entonces no había ni vídeo. Así que te enterabas de que ponían una película de Woody en un cine-club, en un colegio mayor, o en un cine de barrio en la otra punta de Madrid y allá que íbamos a verla de nuevo en pandilla.

Pero con Annie Hall todo cambió. Era tan divertida como las anteriores, incluso más. Pero además, "era buena". No es que las anteriores no lo fueran, pero ya saben, eran "de risa"...

El encuentro de Woody con Gordon Willis, director de fotografía de los padrinos y muchas otras, fue clave. Willis le hizo, si no sentar la cabeza, sí pensar en la puesta en escena de otra forma.

Vi Annie Hall no sé cuantas veces. Era el año 78, aún no teníamos vídeo ni habían editado aún el guion. Así que me fui al cine y grabé el sonido (doblado y con las risas del público) en una cassette. No sé muy bien qué quería estudiar, analizar o aprender. Da igual. Cada vez que escuchaba la cinta me reía a carcajadas de nuevo y me olvidaba del propósito científico-académico de la escucha.

Annie Hall marcó mi vida. Tenía 23 años y, al año siguiente, rodé mi primera película, obviamente influenciado, marcado, por la de Woody.

Annie Hall marcó mi vida. Tenía 23 años y, al año siguiente, rodé mi primera película, obviamente influenciado, marcado, por 'Annie Hall'

Mi último trabajo antes de ponerme a preparar Opera Prima fue cubrir el Festival de San Sebastián como crítico para El País. Allí vi Manhattan. Era la confirmación de que ya no había vuelta atrás: ¡Una película en blanco y negro, en scope y con música de Gershwin! Y con una nueva declaración de principios: "Hay ciertas cosas por las que merece la pena vivir: Groucho Marx, el segundo movimiento de le Sinfonía Jupiter, la grabación de Louis Armstrong de Head Potato Blues, La educación sentimental de Flaubert, etcétera...".

Entre medias se había atrevido a imitar a Bergman y cabrear a un alto porcentaje de sus seguidores con Interiores. Lo hizo tan bien que yo creí que era otro de sus pastiches. Me gusta seguir creyéndolo, aunque no sea verdad.

Los siguientes 20 años de la obra de Woody Allen son deslumbrantes. El derroche de cine, estilo, escritura, inteligencia y humor no tienen rival en toda historia del cine. Sólo pueden compararse a la década de los 30 de Jean Renoir, donde éste encadenaba una obra maestra con otra sin apenas tropiezos. Edades de oro de artistas tocados de la gracia... Rafael Azcona solía decir que a Woody Allen debían darle el Premio Nobel de Literatura. Bastantes lo tienen con menos méritos.

Películas como Delitos y faltas, Hannah y sus hermanas, La rosa púrpura de El Cairo, Zelig, Balas sobre Broadway, Septiembre, Otra mujer, Maridos y mujeres,... son ya hoy clásicos del cine.

Y aunque algunos se empeñen en enterrarlo prematuramente, su cine ha sido y sigue siendo una influencia clave en lo mejor del cine americano, desde Richard Linklater, Whit Stillman, Alexander Payne o Wes Anderson hasta Noah Baumbach, Kenneth Lonergan o Greta Gerwig.

Dicho todo esto no es difícil comprender que saltará sobre la ocasión de encontrar a alguien que ha sido tan importante para mí, para mi vida, de alguien a quien debo tanto.

Lo primero que hago es elogiar la profunda levedad de Día de lluvia en Nueva York, su ligereza. Y le menciono la escena en que el protagonista vuelve a su hotel después de una partida de póker. Le digo que me hizo pensar en Lubitsch. La cara se le ilumina al oír mencionar el nombre.

WOODY ALLEN. Lubitsch fue uno de los grandes, uno de mis favoritos. ¿A ti te gusta Lubitsch?

FERNANDO TRUEBA. ¡Amo a Lubitsch!

W.A. Yo también ¿Y prefieres a Lubitsch o a Preston Sturges?

F.T. ¿Sabes? para mí, la santísima trinidad de la comedia son Lubitsch, Sturges y Billy Wilder... Y soy feliz con todos ellos. No necesito elegir...

W.A. No quieres elegir, claro... A mí me gustan los tres también. Tengo una pasión personal por Lubitsch. Algunas de sus películas son tan, tan maravillosas... Tenía un toque tan ligero, como un soufflé.

Le digo que esa ligereza la reconozco en su película. Me hace pensar en el Lubitsch crepuscular de El cielo puede esperar. Pero Día de lluvia en Nueva York no es la película de un viejo, rebosa energía juvenil aunque esté dirigida por un viejo sabio.

Uno de los momentos más lubitschianos de Woody Allen tiene lugar en una película no muy apreciada, Conocerás al hombre de tus sueños, donde el protagonista se pasa media película observando a una bella vecina desde su ventana, y cuando por fin consigue que esta le invite a su apartamento acaba mirando a su esposa a través de la ventana de su propia casa... A Lubitsch le habría encantado.

W.A. Sí, Lubitsch hacía ese tipo de cosas y Wilder también... ¿Cuál es tu película favorita de Lubitsch?

F.T. Depende de los días, pero... Ninotchka me encanta, El bazar de las sorpresas... To be or not to be... Trouble in Paradise (Un ladrón en la alcoba)...

De nuevo su rostro se ilumina.

No, no es un momento muy agradable éste

W.A. ¡Trouble in Paradise es una obra maestra!

F.T. ¡Todas ellas lo son! ¿no?

W.A. Sí. Sí. Todas son geniales. Pero esa es mi favorita. Me encanta El bazar de las sorpresas . Pero Trouble in Paradise para mí... es increíble... preciosa...

F.T. Porque es la más abstracta... ¿No? es cine puro...

W.A. Sí. ¡Es solo que... el toque es tan... tan perfecto! Y ¿cuál es tu película favorita de Wilder?

F.T.El apartmento. Para mí es una de las películas de mi vida y mi corazón.

W.A. Excelente... sí ... y, ¿te gusta la otra con Kirk Douglas?

F.T. ¿Ace in the hole? Me encanta.

W.A. Es genial. Muy poco apreciada. Y no sé por qué... ¡Fue una película tan maravillosa!

F.T. Sí, es una obra maestra. Estaba escribiendo un guion, en Los Ángeles, y de repente leí que la ponían en la cinemateca en Santa Mónica. Y me llevé a mi co-guionista que era muy joven ... ¡y ni siquiera había oído el título! Así que fuimos juntos. Y allí la sala estaba abarrotada y la gente se puso en pie y aplaudió y fui muy feliz... porque aunque Wilder ya había muerto entonces, su cine seguía vivo...

W.A. Bueno, ¿y dónde estaban esas personas cuando Ace in the Hole se estrenó?

F.T. Sí, ¿dónde estaban?

W.A. ¿Sabes? No estaban, y no sé por qué los productores se pusieron nerviosos y le cambiaron el título por El gran carnaval... Era una película hermosa...

F.T. Tal vez se adelantó a su tiempo...

W.A. Creo que sí. Creo que esa película fue probablemente demasiado sofisticada para el público, demasiado cínica, demasiado verdadera, o demasiado oscura...

F.T. Hace algunos años, en Chile, varias personas quedaron enterradas en una mina y la historia estaba todos los días en los periódicos y en la televisión y, como en El gran carnaval, montaron un gran circo para rescatar a esas personas de la mina. Creo que Wilder se adelantó más de medio siglo a su tiempo... Eso fue demasiado tal vez en ese momento.

W.A. ¿Trabajaste para Wilder?

F.T. No, pero le conocí, fuimos... amigos.

W.A. ¡Qué interesante! ¿Y cómo le conociste?

F.T. Él era mi director favorito. Y, aunque soñaba con conocerlo, la primera vez que fui a Los Ángeles no quise molestarlo, pensé que mucha gente iría a verle y decirle cuánto admiraban sus películas. Entonces me dio como vergüenza. Y al regresar a España, la primera noche en Madrid, soñé que Billy Wilder se había muerto. Entonces, 15 días después, tuve que regresar a Los Ángeles. Estábamos trabajando en un casting. Y entonces una persona que era amigo de Stanley Donen llamó a éste y Donen llamó a Billy. Y Billy devuelve la llamada y me dice: ¡Ven mañana a las 10! Así ocurrió.

W.A. ¿De verdad? ¿Y luego pudiste pasar tiempo con él?

 Sí. Cada vez que iba a Los Ángeles, lo primero que hacía siempre era llamar a Billy Wilder, antes de llamar a casa, a mi esposa o a quien sea

F.T. Sí. Cada vez que iba a Los Ángeles, lo primero que hacía siempre era llamarlo, antes de llamar a casa, a mi esposa o a quien sea. Llegaba a Los Ángeles, dejaba mi maleta en el suelo y le llamaba: Billy, ¡estoy aquí!... Bien, ven mañana... Ven a almorzar... o lo que fuera. Era un hombre muy agradable. Fue uno de los tesoros de mi vida poder pasar tiempo con él.

W.A. ¡Qué maravilloso! ... Y, al final, no era capaz de conseguir hacer más películas. ¡Eso fue trágico!

F.T. ¡No para él! Un día me dijo lo siguiente: "Todos estos periodistas diciendo que no puedo hacer películas porque el sistema es muy cruel y Hollywood y todo esto..." Y me dijo: "No quiero hacer más películas. Lo que me gustaría es haber hecho menos: seis menos". Y le pregunté: "¿Cómo seis? ¿Seís menos, así en general o está pensando en seis películas concretas?" Y él me miró y dijo: "No, estoy pensando en seis películas y dijo: El vals del emperador, La tentación vive arriba, El héroe solitario, Primera plana, Fedora y Aquí un amigo... Recitó los seis títulos y luego hizo un breve silencio. Y añadió: "Imagina mi filmografía sin esas seis películas... ¡Sería casi perfecta!"

W.A. Así que... ¿ no era realmente cierto que no lo dejaran hacer películas? Él no quería hacerlas...

F.T. Sí, decía: "Ya he hecho demasiadas." Y contaba ese chiste del tipo que va al médico y dice: "Doctor, tengo un problema. No puedo mear." Y el doctor le pregunta cuántos años tiene, y él dice ¡95! y el médico le dice: "Ya ha meado suficiente". Esa era su broma para explicar por qué no quería hacer más películas. También decía a veces "¡Si hasta la TWA ha dejado de volar! ¿Por qué no puedo yo dejar de hacer películas?".

W.A. Qué interesante. Yo pensaba que la gente de Hollywood simplemente no quería producirle porque era viejo...

F.T. ¡Él tenía dinero! Si sólo cuando vendió el el 80% de su colección de arte en Christie's consiguió en un día 36 millones de dólares...

Woody Allen, Timothée Chalamet y Selena Gomez en el rodaje de la película.
Woody Allen, Timothée Chalamet y Selena Gomez en el rodaje de la película.
W.A. Yo sólo lo conocí durante cinco segundos en mi vida. Estaba en un restaurante en Nueva York, y él estaba en el mismo restaurante estaba comiendo con más gente y pagó su factura y, al salir, pasó junto a mi mesa y me dijo: "¡Gracias por todas las cosas bonitas que has dicho sobre mí!" y siguió caminando y se fue. En ningún momento dijo: "¡Hola, soy Billy Wilder!" Nunca nos hemos conocido oficialmente, nunca hemos hablado nada... sólo ¡Gracias por todas las cosas buenas que has dicho sobre mí! Porque yo había dicho cosas buenas sobre él, había escrito una introducción a Double Indemnity, y dije lo que sentía... Dije que era genial.

F.T. ¿Double Indemnity es tu película favorita de Wilder?

W.A. Es una gran película. Me encanta. Es mi favorita. La amo. Siempre, siempre que la ponen la veo. La he visto muchas veces, pero nunca puedo apagarla.

Me viene a la memoria una vez charlando con Wilder sobre Woody Allen, en que me dijo "Me encanta Woody Allen, salvo cuando pretende ser el Ingmar Bergman neoyorquino". Sonrío para mis adentros, pero no me parece oportuno mencionarlo.

W.A. Y... ¿y en qué estás trabajando ahora?

F.T. Estoy montando mi nueva película...

W.A. ¿Qué es...? ¿De qué trata?

F.T. Es una película colombiana. Basada en un libro que fue publicado en Estados Unidos, como El olvido que seremos. Es la historia de un padre y un hijo. Es una historia real... El padre fue un médico defensor de los derechos humanos y fue asesinado en Medellín en el 87. Luego, 20 años después, su hijo, que es escritor, escribió un libro sobre su relación con el padre desde que era un niño, hasta que lo mataron. Cuando leí el libro me encantó, me partió el corazón. Es el libro que más veces he regalado. Y en distintos idiomas, a amigos de diferentes países, pero nunca pensé que fuera una película... Y de pronto, un día... lo que nunca sucede, que te ofrezcan un libro que amas, pero les dije que era imposible. "No se puede hacer una película de este libro. Me siento muy halagado, pero es imposible". ¡Y ya ves, ahora estoy terminando de montarla!

W.A. Oh. ¿La rodaste en Colombia?

F.T. La rodé en Medellín completamente, con actores colombianos y un actor español, Javier Cámara que, por cierto, fue la primera persona en hablarme de tu película.

W.A. ¿Ah, sí?

F.T. Sí, él vino a Colombia, para hacer nuestra película desde Roma, donde estaba filmando The Young Pope, una serie de Paolo Sorrentino con Jude Law. Y me dijo que Jude Law le había contado cosas maravillosas sobre tu película...

W.A. Trabajar con Jude Law es un placer. Y hablando de Colombia, ¿conocías a García Márquez?

F.T. Lo conocí hace años. Le vi varias veces, algunas en México, y otras en Madrid, porque solía venir mucho a España.

W.A. ¿Alguna vez hicieron de su libro una película?

F.T. ¿De Cien años de soledad? Parece que ahora uno de sus hijos va a hacer una serie. No sé si va a dirigirla o producirla. Tal vez sea HBO o una de estas cosas nuevas. No sé si lo sabes... pero era un loco del cine.

W.A. Sí, lo sé. Estuve con él y era fanático de mis películas. Me sentí muy halagado. Y en ese momento quería que Kurosawa hiciera la película de Cien años de soledad. Pero nunca se materializó. Nunca se reunieron, pero ése es el director que soñaba para filmar su novela. No lo culpo. Hubiera sido genial. Sin embargo, no sé si puedes convertir ese libro en una película tan fácilmente...

F.T. No lo creo. Y hay una especie de leyenda negra según la cual sus novelas no funcionan en cine... Se han hecho varias...

W.A. Sí, no funcionan.

F.T. Sí. Y eso le entristecía, porque le gustaba mucho el cine...

García Márquez quería que Kurosawa hiciera la película de 'Cien años de soledad'. Pero nunca se materializó.

W.A. Sí, recuerdo que hicieron El amor en los tiempos del cólera... Y no tuvo éxito. Y tenían ese libro maravilloso... Pero Cien años de soledad es tan icónico... Creo que sería difícil convertirlo en una película, conseguir que tenga el mismo impacto que cuando lo lees. Él siempre quiso llevarme a Colombia, al Festival de Cine Colombiano... Y nunca fui. Casi nunca voy a festivales, fui al de Cannes porque era fácil... Pero nunca he estado al sur de la frontera de los Estados Unidos... Nunca. Entonces, ¿está acabando el montaje y luego... ¿qué? ¿hay una compañía detrás para estrenarla o la mostrarás a los festivales?

F.T. Los productores la mostrarán a festivales, pero no estará terminada hasta fin de año, queda la música y las mezclas y todas estas cosas... Pero hablemos de Día de lluvia en Nueva York. ¿Cómo ha sido volver a rodar en tu ciudad?

W.A. ¡Oh, genial! Me encanta rodar allí ... ¿Alguna vez has rodado en Nueva York?

F.T. Sí. Hice Calle 54, una película sobre jazz. No había actores... Era solo música de principio a fin, 100% música.

W.A. Oh, ajá... fue un documental sobre jazz...

F.T. No un documental, porque nadie hablaba. Me gusta decir que es un musical. Porque solo hay música. ¿No?

W.A. Y ¿era jazz latino o jazz estadounidense?

F.T. Era jazz latino en su mayoría, estaban algunos de los mejores: Tito Puente, Bebo Valdés, Michel Camilo, Cachao, Gato Barbieri, Paquito D'Rivera, Jerry González, algunos newyoricans... neoyorquinos latinos... Pero también de todo el mundo. Mis favoritos. Para mí fue la felicidad. Era como estar en el cielo, todos los días tener a uno de estos músicos tocando delante de las cámaras en Nueva York. Rodamos en los estudios Sony, en la calle 54. De ahí viene el título. Y siempre estaba pensando... Ahora la cornisa de este edificio va a caer sobre mi cabeza y me matará por ser tan afortunado de estar aquí haciendo esta película y disfrutando tanto.

W.A. ¿Y la hiciste con sonido en vivo?

F.T. Sí, sonido en vivo... y seis cámaras de 35 mm, seis Panavision. Era un lujo... Hoy ya no se podría hacer algo así.

W.A. Muy interesante. Bueno... volver a filmar en Nueva York para mí fue divertido. Me encanta porque vivo allí, así que, ya sabes, es un rodaje muy fácil y muy relajado. Me gusta rodar donde vivo porque puedo vivir en casa y es más cómodo y es tan fácil en Nueva York... Como en España, o en Francia, donde la gente cuando ve que estás haciendo una película, estoy seguro de que has tenido esta experiencia, son respetuosos. Les gusta mirar, pero son muy cooperativos y amables.

F.T. Y cuando estás filmando en otros países, en Italia o España, ¿no estás un poco angustiado de no estar en casa y de, quizás, no conocer la cultura y algunas cosas a tu alrededor?

W.A. Sí, sí, sí... Siempre hay un poco de eso, que no estás en casa y que no estás totalmente familiarizado, pero si te quedas en Barcelona, París y Roma, estas ciudades, tiendes a conocerlas un poco porque las visitaste como turista y con otros proyectos... Pero, ya sabes, ir y hacer una película para mí, digamos, en Colombia... no sabría por dónde empezar. No tendría ninguna comprensión de la ciudad en absoluto. El alma de la ciudad o el ritmo o lo que es importante allí. Pero ¿has pasado mucho tiempo en Nueva York?

F.T. Sí, sí. Es una ciudad que me gusta mucho. Incluso si algunas cosas están desapareciendo, ¿no? Como las librerías.

W.A. Sí, está desapareciendo porque la gente compra cosas en Ebay. Compran en Internet, y es terrible. Entonces, si vas por Madison Avenue, encuentras una tienda vacía y la siguiente y la siguiente también... Y todas esas tiendas maravillosas están vacías porque a la gente le gusta comprar en Amazon.

F.T. Sí, recuerdo que la última vez que estuve en Nueva York caminaba tratando de encontrar una vieja librería, Madison Avenue Bookshop, que me gustaba mucho, y ya no estaba allí...

W.A. Sé cuál dices, a la altura de la calle 70. Han cerrado una tras otra. Cuando me mudé allí, había tres o cuatro librerías en Madison Avenue por las calles 60, 70 y 80. Ahora no hay ninguna. No hay librerías. Esto es algo terrible, terrible. Y esto está haciendo mucho daño a la ciudad.

F.T. ¿Sientes nostalgia de todas estas cosas que están desapareciendo?

W.A. Oh, claro, por supuesto. La mejor época de Nueva York fue antes que yo naciera... en los años 20 y 30... Yo nací en el 35, era demasiado joven para apreciarlo, por supuesto. Pero los años 20 y los 30 en Nueva York fueron fantásticos. Y luego los años 40 también fueron bastante buenos, y los años 50 estuvieron bien, pero comenzó a cambiar el horario de los teatros, los precios de las entradas comenzaron a subir... Lo que costaba cinco dólares ahora cueta 200... Y los espectáculos se convirtieron en espectáculos para turistas... Todos los escritores serios, O'Neill y Tennessee Williams y Arthur Miller... William Inge y Edward Albee se han ido. Ya sólo hay estos espectáculos musicales y revivals y, y no más night-clubs. No más Copacabana y no más Barrio Latino... La vida ha cambiado. Ahora hay Uber y ya sabes, no sales a la calle. Me gustaba cuando salías y había taxis amarillos y tú parabas el taxi, pero nada de eso existe ya. Ahora están construyendo edificios muy altos y están vacíos porque la gente no quiere vivir en el piso 70... Hay muchos problemas en Nueva York en este momento. Y, sí, el mundo no está en buena forma mientras estamos aquí sentados hablando. Soy muy pesimista sobre el cariz de las cosas, el surgimiento de la extrema derecha. La proliferación de armas nucleares. La superpoblación del mundo. La falta de seriedad con respecto al cambio climático... No, no es un momento muy agradable este.

La vida ha cambiado. Ahora hay Uber y ya sabes, no sales a la calle. Me gustaba cuando salías y había taxis amarillos y tú parabas el taxi, pero nada de eso existe ya

F.T. Y la desaparición de la vida privada también.

W.A. Sí, sí, sí.

F.T. Eso es algo trágico.

W.A. Muy difícil... Sería un buen momento para Billy Wilder. Él tendría mucho que decir en sus películas sobre lo que está pasando. Sería el cineasta perfecto.

F.T. Pero al menos sigues haciendo películas, eso es algo bueno...

W.A. Sí, las haces, pero no sabes dónde se verán. Las salas de cine también están cerrando una tras otra. Estábamos acostumbrados a poder ir a ver muchas películas. Películas europeas, es muy difícil de encontrar esto ahora. Muy difícil. Los cines están cerrando y todo va a la televisión y... ahora, los niños no van al cine. Se sientan en casa con las portátiles en su regazo y miran las películas allí y les encanta. Es un mundo muy diferente, y en mi opinión no tan encantador, pero estoy seguro de que los niños crecerán y pensarán. "¡Oh, cuando era joven todo era maravilloso, volvía a casa del colegio, cogía mi portátil y me metía en la cama, veía una película en mi móvil y comía palomitas en la cama viendo la película!" Tal vez lo recordarán de la misma forma en que nosotros recordamos cuando íbamos al cine y éramos jóvenes.

Sí, quizá sea así y haya sido así siempre y así seguirá siendo. Siempre creeremos que hubo tiempo pasado que fue mejor, el nuestro por supuesto. Me siento triste. También porque la entrevista se acaba, y me gustaría seguir hablando con Woody dos horas más. O toda la vida. Cenar con él todas las semanas y hablar de películas y libros y música... Pero qué le vamos a hacer... Me encantará volver a ver Día de lluvia en Nueva York en cuanto la estrenen. Con mi mujer, con mi hijo, con amigos. Y hablar luego de ella en un bar bebiendo un vino. Y desearle a Woody, en realidad a nosotros, que siga haciendo una película al año durante todos los que le queden por vivir.

Nunca olvidaré el día que se estrenó en Madrid una de sus obras maestras, Delitos y faltas, y fui a verla al cine Rosales a la primera sesión. Salí feliz, caminé unos metros y de pronto, me detuve y pensé ¿a dónde vas? ¿tienes algo mejor que hacer? Y me di la vuelta y volví a sacar una entrada para verla de nuevo en la segunda sesión.

domingo, 25 de agosto de 2019

Lorena en construcción, por Lorena Maldonado

(Instagram, 25-08-19)

Estaba sentada en un banco frente a la playa, con mi padre, y los niños minúsculos que jugaban cerca se me enganchaban a las piernas como garrapatillas chatas. “Hola”. Me callé. “Holaaaaaa”. No lo entiendo. Yo nunca me he dirigido a ellos, a esa organización secreta y mundial que son los críos. He visto que algunos adultos les hablan en un subidioma medio musical: me dan vergüenza ajena. También me parece una falta de respeto a su inteligencia.

Mi padre los miró abrazarme las rodillas sin ser correspondidos y me dijo: “Quiero uno de estos”, como si fueran un pollo marinado del súper. Yo le conté que esa noche había soñado que una sombrilla voladora me atravesaba el costado y que por la mañana, al despertarme, me había parecido una imagen muy pop y evangélica a la vez.

El hamaquero se parecía a Pimp Flaco. Estos días últimos de agosto he leído a Anne Carson y he recordado una frase que vi en alguna parte y me hace rajitas por dentro: “A escribir bien se aprende por envidia”. Jode mucho porque es cierto. También he toqueteado un libro sobre jazz que me prestaron, pero por sucio morbo cotilla: estaba subrayado y me parecía que me estaba contando secretos de su dueño. La verdad es que quedamos muy expuestos en las cosas que nos gustan.

No sé bien de qué hablar con mi padre. Orbitamos alrededor de cuatro bromas. La comunicación es algo extraño. A veces, en medio del almuerzo, extiendo el brazo sobre el mantel con la palma hacia arriba para que me dé la mano. Le sonrío y le digo tonterías. Me hago la niña indefensa. Supongo que ese es el lenguaje de la ternura. No sé si es suficiente.

Nunca me respondes a los whatsapps”, me regaña. Es una tara global que tengo, no una dejadez personalizada, intento explicarle. Él siempre se pone fotos nuestras. De mis hermanos y mía. Una vez me metí en la aplicación y vi su perfil vacío, sin imagen. En blanco. No había pasado nunca antes. Me puse a temblar: fue como si hubiera muerto, como si ya no pudiese contestarle a nada. Ya fue, ya fue: era una pesadilla. Basta.

Mi amigo Jano me escribió hace meses “¿cuál es tu palabra favorita? Sólo puedes elegir una” y no contesté. A los cinco días murió en un accidente de moto. Querría haberle dicho “decadencia”. O “contracultura”. Igual son malas. No sé.

****

Salgo de la ducha y miro mis caderas en el espejo. Están diseñadas para parir, pienso. Los bebés saldrían despedidos y derrapando por las curvas, como en Aquapark. Pero no sucederá.

lunes, 19 de agosto de 2019

Geography, be kind to me, de Javi Sánchez

 He buscado en un mapa, vecina,
el nombre que más nos une.
Por si nos viera allí, lindes
o juntos, etiquetados en Google.

Por si estuvieran tu escala o tu signo junto a los cajeros,
alternada entre los quesos y los vinos; entre jardines de flores.
Como si te hicieras, ya sabes, geografía,
tú parte de esos lugares sin los que no vivimos tan bien.

Por si aparecieran nuestros nombres
-tan propios que aún no nos unen-
hechos número, icono, o coordenada.
Y tú no fueses I. sino latitudes.
Y yo no fuese yo sino algo ciego, afilado,
antidestino caído, clavado en esa calle
que nos ronda y nos eleva:
“usted está aquí”. Pero me pierdo.

Nos he buscado, decía, en aquel mapa,
silabeando el nombre que más nos une.
Dos marcas separadas sin ser ninguno territorio,
para indagar la ruta que lleva a nuestro abrazo.

(Como si hallarnos fuese espacio y geometría,
y no es eso.
Como si nos trazasen grados o minutos,
y no estoy seguro de que sea eso.
Como si al rozar tu nombre con la yema de mi dedo,
ya fuese un poco eso.
Como si nos manchara otra vez la tierra al encontrarnos:
sería exactamente eso).

Nos he buscado en un mapa de Madrid, vecina.
Pero era tan antiguo que ni siquiera vivíamos
a la vista del otro sobre el papel o bajo el cielo.
La calle que más nos une y nos alberga
estaba aún como nosotros:

por existir.

miércoles, 16 de enero de 2019

Hay más cuernos en un “buenas noches”, de Manuel Jabois

(El País, 16-01-2019)

 A la vuelta de Navidad me fui a comer con un amigo. Me habló mucho y muy bien de una nueva persona que hay en su vida, una chica que conoció hacía meses y con la que se estaba escribiendo un montón. “Pero no nos acostamos, eso no. Yo respeto a mi novia”.

Dejé en la mesa los cubiertos porque hay pocos momentos impresionantes en la vida, y sospeché que ese iba a ser uno de ellos. ¿Cuánto era “un montón”? “Todos los días”, dijo con los ojos brillantes, “y siempre un mensaje de buenos días y otro de buenas noches. No pasan dos horas sin que nos digamos algo o nos llamemos. Pero no vamos más allá, no estamos engañando a nadie, es solo que no sabemos a dónde va esto”.

“No vamos más allá”, dijo. A dónde te queda ir ya, alma de cántaro.

Mi amigo X, y mi amiga Y, y supongo que varios más porque esto es una plaga, tienen tanta confianza en su educación católica que creen que hay más infidelidad en follar que en escribir. Y probablemente piensen todos que su pareja les está agradecida cuando lo más natural, llegado el caso, es que tu novio o tu novia se acuesten con quien les dé la gana y borren su número cuanto antes, porque un polvo dura mucho menos y es más discreto que coger el teléfono en una cena o en unas vacaciones y ponerse a echar de menos a otro.

Yo le dije a mi amigo lo que pensaba: que por supuesto está bien escribirse con todo el mundo y escribirse más con personas que aprecias o te gustan, que también es natural el tonteo, que a veces uno puede —por inercia, por inconsciencia, por placer o por frivolidad— llevarlo más lejos, pero llamarse y escribirse todos los días y contarse todo con otra persona era una relación sentimental, hubiese sexo o no. Y que él era libre de tener esa relación y cien más, Dios me libre de juzgarlo, pero en la vida tan importante es inventarse una moto como no vendérsela a los demás.

Yo detecto en mi generación un ansia terrible de no sentirse mal cuando se hace el mal, o peor aún: creer que está mal cualquier cosa. También detecto que el sexo continúa siendo prestigioso y teniendo el aura de punto culminante del amor, engaño máximo y traición mayor en caso de la pareja infiel. Me parece respetable, pero, como en la salud, la homeopatía agrava lo que se quiere combatir. Que ese tipo de relaciones de 200 mensajes al día, intercambios de fotos y enganches adictivos a otra persona sin tocarla se mantengan para “no poner los cuernos” es la broma definitiva: hay más cuernos en un “buenas noches” desde la cama mientras ves una serie con tu pareja que en un polvo rápido, o dos, con una persona desconocida en un ascensor.

Es urgente desprestigiar y banalizar, en según qué ocasiones, el sexo. El problema que tiene mi generación es que cree que para saber dónde va el mundo tiene que mirar a sus padres en lugar de a sus hijos, y no solo. Tenemos 40 años y vivimos entre el fuego cruzado de una generación que está dejando de saber todo sobre un mundo que ya no comprende y otra que empieza a saberlo sobre un mundo que aún no comprende. Umberto Eco, que de seguir vivo sería millennial, hizo que un personaje suyo se enamorase en una orgía de una mujer con la que estaba practicando sexo y luego, solo luego, la invitó a un café: eso es haberlo entendido todo. A menudo enamora más una conversación que un orgasmo, aunque disfrutemos más del segundo, por eso deberíamos abusar más de él y tratar con más cuidado lo otro.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Las tres virtudes (Pedro Vallín en mi boda)

 Iba a subir aquí, Alberto, y decir que estoy orgulloso de lo que eres, de lo que haces y de la persona en que te has convertido y de la que hoy Zahara toma justa propiedad. Y aunque ya lo he hecho, no debería porque el orgullo implica la coqueta soberbia de una condición de patronazgo, de tutela. Y si bien la edad, la mía, debería prestarme la coartada para presumir de tus logros como ser humano, lo más sincero sería admitir que un día quise ser tutor, no mucho después fui tu par y hoy soy más bien un novicio de Alberto.
 
Sólo hay tres virtudes que mueven mi interés en los demás y que han guiado mi empeño de conocer personas, que es con mucho lo mejor de la profesión que compartimos. Y las cito por el orden en que se presentan ante nosotros: la belleza, la inteligencia y la bondad. De diferentes combinaciones de ellas está hecha toda la gente que me he procurado cerca desde hace treinta años, y de las que obviamente eres titular. La belleza es una promesa de felicidad, la inteligencia es el umbral hacia la sabiduría, y la bondad es la última que descubrimos en los otros pero es la que garantiza que las otras dos cumplen con su parte del trato.
 
Ninguna de las tres es imperecedera, todas son un regalo indiscriminado al mundo y todas requieren inversión y cuidado. No voy a sonrojarte aquí dando cuenta de tu belleza y tu inteligencia que, por otro lado, a todos saltan a la vista. En realidad solo voy a dar las gracias por haber asistido en estos últimos años al modo en que la bondad se ha revelado y se ha puesto al mando, por haber asistir al compromiso que has puesto en convertirte en la persona que deseabas ser y que nos hace a todos afortunados. A Zahara sobre todo, que se queda lo principal. Y por ser testigo del modo en que te has rebelado cuando creías que podías haberlo hecho mejor o que merecías más. Contra ti, contra mí o contra el mundo.
 
Hoy no voy a desearos felicidad y salud, porque huelga decirlo, sino astucia y suerte. Sólo hay dos deberes con los que vosotros, Príncipes de las Tres Virtudes, debéis comprometeros esta tarde y los voy a expresar en modo imperativo, para que se entienda que es un exhorto de cuyo cumplimiento pienso pediros cuentas: divertíos porque la felicidad no se espera ni se anhela, se convoca. Y el segundo, el más importante porque incluye al primero y a todos los demás deseos de ventura: no tengáis miedo.
 
Felicidades.