martes, 22 de agosto de 2023

Solo para decirte, de William Carlos Williams

Sólo para decirte
que me comí
las ciruelas
que estaban en
la heladera 

y que
probablemente
guardabas
para el desayuno 

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
tan frías


No he dejado de pensar en ti, de Charles Bukowski

“No he dejado de pensar en ti,
me gustaría decírtelo.
Me gustaría escribirte que te extraño
y lo pienso.
Pero no te busco.
Ni siquiera te escribo.
No sé cómo estás y extraño
saberlo.

¿Tienes planes?
¿Has reído hoy?
¿Qué soñaste?
¿Sales?
¿A dónde vas?
¿Tienes sueños?
¿Has comido?

Me gustaría poder
encontrarte
pero no tengo la fuerza y tú
tampoco.
Entonces nos quedamos
esperando en vano y pensamos
en ello.

Y recuérdame y recuerda que pienso en ti,
que no lo sabes, pero te vivo todos los días,
que escribo sobre ti.
Y recuerda que buscar y pensar son dos cosas diferentes.
Y yo te pienso
pero no te busco”

Miedo, de Raymond Carver

Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.

Miedo a dormirme por la noche.

Miedo a no dormirme.

Miedo al pasado resucitando.

Miedo al presente echando a volar.

Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.

Miedo a las tormentas eléctricas.

¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!

Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.

Miedo a la ansiedad.

Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.

Miedo a quedarme sin dinero.

Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.

Miedo a los perfiles psicológicos.

Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.

Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.

Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.

Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.

Miedo a la confusión.

Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.

Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.

Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.

Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.

Miedo a la muerte.

Miedo a vivir demasiado.

Miedo a la muerte.

Ya he dicho eso.

Borrador de un poema, de Juan Bonilla

Me levanto a las seis aunque detesto madrugar.

Me pone malo el agua fría pero abro el grifo de agua fría

y aguanto diez segundos bajo el chorro.

Me gusta el café solo y me sienta mal la leche

pero le echo un golpe de leche al café y lo tomo con azúcar

aunque no me gusta endulzarlo.

Solo fumo cuando atardece, y aún así

enciendo tan temprano un Camel:

si todo sale según lo previsto

al terminar el día me habré fumado cajetilla y media.

Detesto oír la radio en la mañana, esos comentaristas

que avisan del apocalipsis a diario,

pero prendo la radio y oigo un bocazas

decir que España se rompe y que hay que echar a los moros.

Gomina en el pelo. Agua de colonia.

Sus zapatos y su pantalón y su camisa.

No bebo alcohol pero a las seis y media estoy

en la barra del Zettelmeyer

tomándome un coñac.

Me deprimen los tambores de la prensa deportiva

pero ahí estoy leyendo el Marca, un reportaje

sobre el mercado de fichajes de este invierno.


¿A qué viene todo esto?

Digamos que es costumbre familiar.

Cuando se muere un padre alguno de sus hijos

tiene que regalarle un día,

hacer durante un día las cosas que el difunto ya no hará,

ponerse en su lugar.

El día de regalo, ya te digo.

Son las siete y se yergue ahora la pregunta:

¿qué hacía mi viejo toda la mañana?

¿qué hacía un hombre de cincuenta y nueve

años en paro desde hacía dos

después de cuarenta años de trabajo?

Supongo que buscar trabajo ansioso,

pensar en el suicidio mientras llegaba el infarto

que al fin puso remedio a sus tristezas.

No sé. Era demasiado orgulloso

para arrastrarse a pedir algún favor o mendigar unas faenas.

A las nueve tengo que volver a casa

para llevar a Joaquín a la guardería y me preguntará

por qué no lo lleva el abuelo como siempre

-y siempre ahí significa tres meses a diario-.

Se va, se va, el poema se me va por lo anecdótico.

No es más que un borrador.


Mientras regalo el día me sacuden recuerdos del difunto:

a veces tiernos o hilarantes o brutales.

No me pegó jamás (claro que sí pegó a mi madre

una vez, después fue a emborrachase,

volvió a las tantas repitiendo su cantinela insoportable

"me tengo que matar" "qué he hecho" "tengo que matarme"

shalalá:

estuve un año sin dirigirle la palabra,

-tiene algo de mérito porque yo tenía doce años-).

Era de sangre muy caliente, yo creo que era bipolar,

había días que el mundo era un cachorro que estaba pidiéndonos

que saliésemos a jugar con el,

y otras era un campo de concentración

en el que nos había tocado el papel de prisioneros.

Se quejaba de su puta suerte muy a menudo.

He heredado algunas cosas suyas, no puedo negarlo.

La relación con el dinero por ejemplo: gastarlo

cuando lo tengo como si no hubiera mañana, no darle

importancia alguna y pasar luego meses penando

por haber gastado los ahorros y decirme qué idiota eres,

no darle importancia al dinero

te hace pensar en el dinero a todas horas.

También la frialdad emocional es suya.

Ese esconderse suyo para echar unas lágrimas por algo.


Mi padre tuvo una infancia complicada.

Hijo de madre soltera en la España de los cuarenta.

Lo inscribieron en el libro de familia como hermano de su madre.

Esas cosas pasaban en los heroicos días

del nacionalcatolicismo.

Se crió en un café cantante. Lo despertaban de madrugada

a los diez o doce años para que fuera por hielo.

Debió ver cosas muy edificantes

que le sirvieron luego para no escandalizarse por nada.

Se salvó mediante el fútbol.

Jugaba bien, se soñaba estrella de los estadios, como tantos,

como yo mismo más adelante.

Por las mañanas trabajaba en un taller de mecánico

mientras cumplía 21 y podía sacarse el carné de camión,

y por las tardes entrenaba.

Lo fichó el Atlético Sanluqueño, camiseta verdiblanca.

Luego conoció a mi madre en la Alameda Vieja.

Ella quedó embarazada y se casaron

como era lógico en la época.

Dejó el fútbol, empezó con los camiones.

Llegué yo.

A veces le tomaba el pelo diciéndole:

tú que querías ser futbolista y terminaste

conduciendo los autobuses que llevan a los futbolistas

del aeropuerto al hotel, del hotel al estadio, del estadio al aeropuerto.

Dejaba de hablarme durante semanas.


Y bien ya son las nueve. Mi madre ni siquiera se sorprende

de verme oliendo a él, vestido de él, dispuesto a hacer

lo que él hubiera hecho de estar vivo.

Llevar a su primer nieto a la guardería.

Un nieto que lleva su nombre y que es también hijo de madre soltera.

¿Por qué no me lleva el abuelo como siempre?

El abuelo ha muerto, peque.

Ah, vale.

Pero lo puedes seguir viendo: están los sueños.

Ah, claro.

¿Qué hacía mi padre toda la mañana?

Una zona de sombra o libertad hasta las 2,

cuando tenga que regresar a recoger a Joaquín a la guardería.

Me invento que se dedicaba a conducir.

Casi cuarenta años conduciendo

camionetas, camiones, pomposos coches de magnate, valencianas,

y de repente, el paro,

la quiebra de la empresa por orden del gobierno,

una indemnización y hasta la vista.

Me gustaba de niño,

verlo llegar en un interminable tráiler,

en cuya cabina -con una palanca de cambios del tamaño de un bastón-

nos apilábamos sus hijos mientras él subía a comer.

Y los camiones cisternas en los que alguna vez me llevó a Cádiz:

él cargaba en el puerto mientras yo, quice años, dieciséis,

me iba de librerias.

Ahora que lo pienso, si me preguntaran

qué hiciste con tu padre,

tendría que responder: kilómetros, muchos kilómetros.

Más kilómetros compartimos que palabras.


Hay algo que nunca le perdonaré,

ni siquiera mientras le regalo el día.

Chicuelo, nuestro bóxer.

Nos lo trajo una tarde y unos meses después nos lo quitó.

Él, que nunca le hacía caso a mi madre, se lo hizo en aquello.

Joaquín, no bebas. Y seguía bebiendo.

Joaquín, no fumes. Y seguía fumando.

Joaquín, no tardes. Y volvía a las tantas si volvía.

Joaquín, deshazte del perro. Y se deshizo del perro.

Qué cabrón.

Nos hizo creer que Chicuelo se había escapado

y allá que nos fuimos todos los hermanos a buscarlo.

Gritábamos su nombre en barrios en los que antes

no hubiéramos entrado ni hartos de droga

igual que los chavales de esos barrios

no entraban en el nuestro.

Volvíamos de nuestras expediciones con las manos vacías

y el ánimo arrasado.

Todos nos ocultábamos para que los otros no nos vieran llorar.

Qué cabrón.

También él se ocultaba.

Se dio cuenta a los dos días que perder un perro

era mucho más grave de lo que su elocuente infancia cruel

podía permitirse.

Una vez Chicuelo se meó en el pasillo

y él cogió al perro y le metió el hocico en los orines:

así aprenderá que aquí no se hace,

a mí me lo enseñaron cuando chico.

Se meaba en la cama, y para enseñarle que eso no se hacía,

que no tenían plata para colchones y sábanas,

le hundían la cara en la mancha de meado.

Pero siguió meándose en la cama algún tiempo más.

Se levantaba y antes de que le hundieran la cara en la mancha de orín

él mismo hundía la cara.

Mucho más tarde, cuando Chicuelo era sólo un fantasma

que se nos aparecía en sueños,

e iba del sueño de uno al de otro como familiar solitario

que cada tarde visista a un pariente para recordarles que existe,

mi padre nos contó que lo dejó en la carretera de Trebujena.

Primero nos dijo que se lo había dado a unos de una finca,

pero la verdad fue más fuerte que él

y años más tarde nos la tuvo que contar.

Vi claramente al perro extrañado en el camino,

pensando que era un juego de su amo,

se metía en el coche y él tenía que perseguirlo,

pero aceleraba y aceleraba,

lo miraba por el espejo retrovisor y le decía adiós a Chicuelo.

Y el perro se cansaba y se paraba y se iba empequeñeciendo

sin saber que iba a agrandarse nuestra angustia.

Qué pedazo de cabrón.


El día de regalo lo emplearé en conducir por la carretera de Trebujena.

Han pasado más de veinte años y seguro que Chicuelo

murió atropellado o desfalleció de hambre o lo encontró alguien

y lo adoptó o lo utilizaron unos miserables

para que se entrenaran unos perros de pelea.

Pero yo conduzco en el papel de mi padre

por la carretera de Trebujena

buscándolo en aquellos días felices de mi infancia

en que los hermanos nos peleábamos por ser los primeros

en regresar a casa

par sacar a Chicuelo.

Creo que es la única vez que odié a mi madre, cuando supe.

Si encontrara a un perro cualquiera en el camino

lo montaría en el coche de mi padre

y se lo llevaría de regalo a Joaquín, su nieto.

Después por la tarde, tras comer y tras la siesta -que nunca duermo-

me tomaré otro café con leche, pugnando con la náusea,

iré al España a tomarme un par de finos,

le compraré cupones al ciego y haré una quiniela

aunque jamás me gasto un duro en juegos de azar,

y más tarde veré algún programa bobo de televisión

y me tomaré un gin-tonic por toda cena,

un Camel detrás de otro para acabar el día de regalo,

hasta que toque irse a la cama,

encenderé la radio, aunque me tortura oír la radio de madrugada,

esos programas de gente que llama para contar tragedias

que quizá le hicieran sentir a mi padre

que tampoco le iba tan mal.


(Dejaré aquí este borrador de poema,

quizá algún día mi hijo lo descubra entre mis cosas,

y piense: un día de regalo, vale, padre,

y se levante como yo a las tantas, aunque le guste madrugar,

y se tome un café solo y sin azúcar, aunque le siente mal,

y se duche con agua muy caliente aunque prefiera la templada,

y se vaya a caminar aunque lo suyo sea el gimnasio,

y luego abra mi computadora

aunque escribir no sea su modo de estar en el mundo,

y encuentre este poema en borrador

y ajuste cuentas conmigo

y me regale uno de los milagrosos días de su vida

cuando el milagro de la mía haya terminado

y corrija y termine este poema).


lunes, 21 de agosto de 2023

Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges

Gracias quiero dar al divino 

laberinto de los efectos y de las causas 

por la diversidad de las criaturas 

Que forman este singular universo, 

por la razón, que no cesará de soñar 

con un plano del laberinto, 

por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises, 

por el amor, que nos deja ver a los otros 

como los ve la divinidad, 

por el firme diamante y el agua suelta, 

por el álgebra, palacio de precisos cristales, 

por las místicas monedas de Angel Silesio, 

por Schopenhauer, 

que acaso descifró el universo, 

por el fulgor del fuego 

que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, 

por la caoba, el cedro y el sándalo, 

por el pan y la sal, 

por el misterio de la rosa 

que prodiga color y que no lo ve, 

por ciertas vísperas y días de 1955, 

por los duros troperos que en la llanura 

arrean los animales y el alba, 

por la mañana en Montevideo, 

por el arte de la amistad, 

por el último día de Sócrates, 

por las palabras que en un crepúsculo se dijeron 

de una cruz a otra cruz, 

por aquel sueño del Islam que abarco 

mil noches y una noche, 

por aquel otro sueño del infierno, 

de la torre del fuego que purifica 

y de las esferas gloriosas, 

por Swedenborg, 

que conversaba con los ángeles en las calles de Londres, 

por los ríos secretos e inmemoriales 

que convergen en mí, 

por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria, 

por la espada y el arpa de los sajones, 

por el mar, que es un desierto resplandeciente 

yuna cifra de cosas que no sabemos 

y un epitafio de los vikings, 

por la música verbal de Inglaterra, 

por la música verbal de Alemania, 

por el oro, que relumbra en los versos, 

por el épico invierno, 

por el nombre de un libro que no he leído: 

gesta Dei per Francos, 

por Verlaine, inocente como los pájaros, 

por el prisma de cristal y la pesa de bronce, 

por las rayas del tigre, 

por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan, 

por la mañana en Texas, 

por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral 

y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos, 

por Séneca y Lucano, de Córdoba, 

que antes del español escribieron 

toda la literatura española, 

por el geométrico y bizarro ajedrez, 

por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce, 

por el olor medicinal de los eucaliptos, 

por el lenguaje, que puede simular la sabiduría, 

por el olvido, que anula o modifica el pasado, 

por la costumbre, 

que nos repite y nos confirma como un espejo, 

por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio, 

por la noche, su tiniebla y su astronomía. 

por el valor y la felicidad de los otros, 

por la patria, sentida en los jazmines 

o en una vieja espada, 

por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema, 

por el hecho de que el poema es inagotable 

y se confunde con la suma de las criaturas 

y no llegará jamás al último verso 

y varía según los hombres, 

por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos 

por morir tan despacio, 

por los minutos que preceden al sueño, 

por el sueño y la muerte, 

esos dos tesoros ocultos, 

por los íntimos dones que no enumero, 

por la música, misteriosa forma del tiempo.