jueves, 25 de febrero de 2021

Así es como yo te veo a ti, de Richard Brautigan

"Hace unos días estaba tratando de describirte a alguien, pero no te pareces a ninguna otra chica que haya conocido antes.

No podía decir: «Bueno, ella es igual que Jane Fonda, pero es pelirroja y su boca es diferente, y además, ella tampoco es una estrella de cine». No podía decir esto porque no te pareces para nada a Jane Fonda.

Finalmente acabé describiéndote como una película que vi en Tacoma, Washington, cuando era pequeño. Creo que la vi, en 1941 o 42, por ahí. Creo que tenía siete, ocho o seis años. Era una película acerca de la llegada de la electricidad en el campo, la clase de película moralista perfecta del New Deal de los años 30 pensada para enseñar a los niños.

La película era acerca de los granjeros que vivían en el campo sin electricidad. Tenían que usar linternas para ver durante la noche, para coser y leer, y no tenían ningún aparato eléctrico, como tostadoras o lavadoras, y no podían escuchar la radio.

Entonces construyeron una presa con grandes generadores eléctricos y colocaron postes por todo el campo y tendieron cables sobre los sembradíos.

La película transmitía un sentimiento de heroísmo que venía simplemente de poner los postes para que los cables viajaran a través de ellos. Parecían antiguos y modernos al mismo tiempo.

De manera que la película hablaba de la Electricidad como de un joven dios griego llegando al campo para llevarse para siempre sus formas de vida arcaicas.

De repente, religiosamente, con solo dar a un interruptor, el granjero tenía luz eléctrica para poder ver cuando ordeñaba sus vacas a primera hora durante las oscuras mañanas de invierno.

La familia del granjero podía escuchar la radio y tener una tostadora y luz clara y brillante para coser vestidos y leer el periódico.

Era una película fantástica y me emocionaba tanto como escuchar una canción patriótica o ver fotografías del presidente Roosevelt o escucharlo en la radio.

Quería que la electricidad llegara a todo el mundo.

Así es como yo te veo a ti."

miércoles, 3 de febrero de 2021

No estaréis enamorados, por Manuel Jabois

El País (03-02-2021)

Una chica va de compras con su madre y, al volver a casa en coche, la madre le dice que cambie el recorrido habitual y suba por otra calle para llegar antes. “Pero si siempre vamos por aquí”, protesta la chica, hasta que de repente cae en la cuenta: “Tú no estarás enamorada, ¿verdad?”. La escena está escrita por Milena Busquets en Gema (Anagrama, 10 de febrero), y la protagonista cree que su madre se ha vuelto a enamorar porque “no hay demasiadas cosas que alteren el curso de nuestros pasos, tan firmes y decididos”. Sobre todo el camino a casa, del que defiende esa mujer que es uno de los cuatro caminos que siempre tomamos igual a lo largo de nuestra vida, como el camino para ir al colegio o al centro de la ciudad. Tan automatizados que a veces salimos del portal hablando por teléfono, olvidamos adónde nos dirigimos, y el piloto automático nos lleva a un carril que sólo pertenece a lo más profundo de nosotros, una conexión entre el cerebro y los pies que sobrevuela el resto del cuerpo sin que la percibamos y que, al menos en mi caso, ya esté en Australia o en Madrid, siempre me dirige hacia mi madre.

¿En qué momento algo así, tan firme e inconsciente, puede terminar siendo objeto de cambio? “No estarás enamorada, ¿verdad?”. Sólo una sacudida de ese calibre puede convencerte, por consejo del enamorado, de que hay un camino mejor para regresar a casa que el que has hecho durante décadas, como le ocurre a la mujer del libro. Es impresionante cómo algo tan complejo como el enamoramiento, sostenido por la química y el azar, dependiente de emociones delicadísimas de nuestro cerebro que de repente se armonizan tras una explosión de oxitocina, se revela en el gesto más estúpido. La mano que agarras en la mesa cuando empieza a temblar la tierra, creyendo el fin del mundo, y que resulta que no es la mano de tu pareja. Yo mismo, ciego y cansado, fui el último en reparar en que dos de mis mejores amigos se estaban liando, y lo hice porque uno de ellos empezó a enviar al final de sus mensajes un emoji que sólo usaba el otro. O el día en que David Gistau, del que mañana se publica El penúltimo negroni, se encontró a un colega concentrado en el libro de un particularísimo autor americano y le preguntó de broma si no estaría saliendo con una periodista devota pública de ese autor; resulta que sí lo estaba porque puedes ocultar paseos, besos y hasta bodas, pero no puedes ocultar que tu vida está patas arriba.

El amor, como el diablo, vive en los detalles. Después de 60 años de casados y sin aguantarse, porque quién se aguanta después de un mes, mis abuelos podían lanzarse puñales envenenados, pero cuando a uno de ellos se le quedaban las migas en la barbilla como se le quedan a algunos viejos, el otro se las quitaba disimuladamente porque el primer mandato del amor es que nadie, nunca, se ría de tu pareja. Del mismo modo que Nicole Diver en Suave es la noche contempla a su marido queriendo impresionar a su amante jovencita con una pirueta en la playa y se sorprende deseando que le salga bien, que no haga el ridículo. Ese universo propio es tan sensible que en Gema se resume cuando la protagonista hace una broma a su ex que él no ríe, y ella recuerda que lo que antes le hacía gracia, ahora ya no se la hace: “No hay nada tan difícil como hacer reír a un exnovio que todavía te quiere”. A partir de los 40 años todos los caminos son de ida.