(Vanity Fair, 25-04-2020)
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa, tu corbata de tarde, la
carta que le escribes a un amigo, la opinión sobre un lienzo. Beber, que
es un placer efímero.
Son versos de Luis Antonio De Villena que pertenecen a El viaje a
Bizancio, su imprescindible segundo libro de poemas dedicado a esa
ciudad-símbolo que no es un espacio geográfico, más bien una chincheta
emocional en ese mapa que son siempre nuestras emociones. Bizancio como
enclave de eternidad. “El illo tempore de los orígenes. La isla del
Paraíso. El edén perdido. La adolescencia, el mal, la belleza, el goce
y el amor. También la nostalgia. Lo bello y condenado. Eso es
Bizancio. La ciudad que resistió, fue destruida, es destruida y vive”.
Estos días de confinamiento nos vemos expulsados de tantos paraísos que
dábamos por hecho... ¿por qué los dábamos por hecho? ¿por qué vivíamos
pensando que esas tonterías eran el paraíso? Los viajes hasta la otra
parte del mundo, hoteles de lujo, los vuelos para mañana y tantas cosas
que no necesitábamos. Los coches eléctricos, los restaurantes de tres
Estrellas (que había que coleccionarlos, como si fuesen cromos) y las
cajas de zapatillas amontonadas en el cuarto de invitados; tanto buscar
el cielo fuera, cuando el viaje a Bizancio siempre, siempre, es
interior.
Los placeres pequeños, “la carta que le escribes a un amigo”; este
confinamiento nos ha dado de bruces con una visión de la que era nuestra
realidad que, admitámoslo un poco, estaba avinagrándose; pero aquí
estamos, basta de gimoteos. Bizancio, nuestro rincón secreto, fue
destruida y vive, está en cada cosa que amas —está en cada ‘te quiero’ y
en cada ‘cuídate mucho, lo celebraremos cuando pase’ que no importa si
algún día es, porque el amor ya está siendo; está en cada temblor ante
el miedo a perder a quien quieres (lo raro era lo otro: vivir sin miedo)
y en cada cena frente a las películas a las que estamos volviendo. Ya
no tenemos tiempo que perder pero es que nunca lo tuvimos.
Me preguntan mucho por el hedonismo, por cómo uno puede seguir siendo un
bon vivant en pijama y con este desasosiego pegado a las entrañas —pero
es que yo estoy sintiendo más cosas que nunca: el café de cada mañana
me sabe como nunca me ha sabido, la tabla de quesos de la tienda del
barrio y los vinos naturales, botellas que encierran historias de
agricultores sin prisa; ya no hay rastro de esnobismo: es placer
arrancado de todo lo superfluo, y precisamente eso es el hedonismo.
Placer sin más. Ni seguridad ni gloria, tan solo el whisky a media tarde
y ver en la pantalla la sonrisa de mi mejor amigo.
Es verdad, la edad adulta nos va podando lo que fuimos y terminamos
arrinconando ese edén perdido, aquel Bizancio que vive aquí dentro;
caminar ligero, escribir sin cinismo o escuchar al otro. Placeres
efímeros y esta consciencia de que, en realidad, solo hay un viaje.
--
Yo: Jo, qué preciosidad. Se me han saltado todas las lágrimas, claro.
Vivimos para esto. Para ir a Valencia a comer con tu mejor amigo conduciendo ocho horas.
Porque vivíamos como si nos fuéramos a morir y, si morimos, no tendremos nada de que arrepentirnos porque hicimos (casi) todo.
--
Jesús: La pena es que se publique tan tarde, pero a lo mejor escribo otra cosilla.
Vivimos para esto, eso es. Y qué bien lo hicimos. ❤️
sábado, 25 de abril de 2020
Cómo seguir siendo un 'bon vivant' en pijama, por Jesús Terrés
domingo, 5 de abril de 2020
Cómo se mantiene el enamoramiento, por Marta D. Riezu
(Instagram, 05-04-2020)
Cada vez veo más claro que —calentón de los primeros meses aparte— al
enamoramiento lo mantienen dos cosas: la bondad y la gestualidad.
miércoles, 1 de abril de 2020
Poema de The Kindergarten Teacher
Ana es preciosa
La más precios de todas para mí
El sol ilumina su casa amarilla
Es casi como una señal de dios
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