domingo, 25 de agosto de 2019

Lorena en construcción, por Lorena Maldonado

(Instagram, 25-08-19)

Estaba sentada en un banco frente a la playa, con mi padre, y los niños minúsculos que jugaban cerca se me enganchaban a las piernas como garrapatillas chatas. “Hola”. Me callé. “Holaaaaaa”. No lo entiendo. Yo nunca me he dirigido a ellos, a esa organización secreta y mundial que son los críos. He visto que algunos adultos les hablan en un subidioma medio musical: me dan vergüenza ajena. También me parece una falta de respeto a su inteligencia.

Mi padre los miró abrazarme las rodillas sin ser correspondidos y me dijo: “Quiero uno de estos”, como si fueran un pollo marinado del súper. Yo le conté que esa noche había soñado que una sombrilla voladora me atravesaba el costado y que por la mañana, al despertarme, me había parecido una imagen muy pop y evangélica a la vez.

El hamaquero se parecía a Pimp Flaco. Estos días últimos de agosto he leído a Anne Carson y he recordado una frase que vi en alguna parte y me hace rajitas por dentro: “A escribir bien se aprende por envidia”. Jode mucho porque es cierto. También he toqueteado un libro sobre jazz que me prestaron, pero por sucio morbo cotilla: estaba subrayado y me parecía que me estaba contando secretos de su dueño. La verdad es que quedamos muy expuestos en las cosas que nos gustan.

No sé bien de qué hablar con mi padre. Orbitamos alrededor de cuatro bromas. La comunicación es algo extraño. A veces, en medio del almuerzo, extiendo el brazo sobre el mantel con la palma hacia arriba para que me dé la mano. Le sonrío y le digo tonterías. Me hago la niña indefensa. Supongo que ese es el lenguaje de la ternura. No sé si es suficiente.

Nunca me respondes a los whatsapps”, me regaña. Es una tara global que tengo, no una dejadez personalizada, intento explicarle. Él siempre se pone fotos nuestras. De mis hermanos y mía. Una vez me metí en la aplicación y vi su perfil vacío, sin imagen. En blanco. No había pasado nunca antes. Me puse a temblar: fue como si hubiera muerto, como si ya no pudiese contestarle a nada. Ya fue, ya fue: era una pesadilla. Basta.

Mi amigo Jano me escribió hace meses “¿cuál es tu palabra favorita? Sólo puedes elegir una” y no contesté. A los cinco días murió en un accidente de moto. Querría haberle dicho “decadencia”. O “contracultura”. Igual son malas. No sé.

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Salgo de la ducha y miro mis caderas en el espejo. Están diseñadas para parir, pienso. Los bebés saldrían despedidos y derrapando por las curvas, como en Aquapark. Pero no sucederá.

lunes, 19 de agosto de 2019

Geography, be kind to me, de Javi Sánchez

 He buscado en un mapa, vecina,
el nombre que más nos une.
Por si nos viera allí, lindes
o juntos, etiquetados en Google.

Por si estuvieran tu escala o tu signo junto a los cajeros,
alternada entre los quesos y los vinos; entre jardines de flores.
Como si te hicieras, ya sabes, geografía,
tú parte de esos lugares sin los que no vivimos tan bien.

Por si aparecieran nuestros nombres
-tan propios que aún no nos unen-
hechos número, icono, o coordenada.
Y tú no fueses I. sino latitudes.
Y yo no fuese yo sino algo ciego, afilado,
antidestino caído, clavado en esa calle
que nos ronda y nos eleva:
“usted está aquí”. Pero me pierdo.

Nos he buscado, decía, en aquel mapa,
silabeando el nombre que más nos une.
Dos marcas separadas sin ser ninguno territorio,
para indagar la ruta que lleva a nuestro abrazo.

(Como si hallarnos fuese espacio y geometría,
y no es eso.
Como si nos trazasen grados o minutos,
y no estoy seguro de que sea eso.
Como si al rozar tu nombre con la yema de mi dedo,
ya fuese un poco eso.
Como si nos manchara otra vez la tierra al encontrarnos:
sería exactamente eso).

Nos he buscado en un mapa de Madrid, vecina.
Pero era tan antiguo que ni siquiera vivíamos
a la vista del otro sobre el papel o bajo el cielo.
La calle que más nos une y nos alberga
estaba aún como nosotros:

por existir.