sábado, 17 de septiembre de 2016

Las tres virtudes (Pedro Vallín en mi boda)

 Iba a subir aquí, Alberto, y decir que estoy orgulloso de lo que eres, de lo que haces y de la persona en que te has convertido y de la que hoy Zahara toma justa propiedad. Y aunque ya lo he hecho, no debería porque el orgullo implica la coqueta soberbia de una condición de patronazgo, de tutela. Y si bien la edad, la mía, debería prestarme la coartada para presumir de tus logros como ser humano, lo más sincero sería admitir que un día quise ser tutor, no mucho después fui tu par y hoy soy más bien un novicio de Alberto.
 
Sólo hay tres virtudes que mueven mi interés en los demás y que han guiado mi empeño de conocer personas, que es con mucho lo mejor de la profesión que compartimos. Y las cito por el orden en que se presentan ante nosotros: la belleza, la inteligencia y la bondad. De diferentes combinaciones de ellas está hecha toda la gente que me he procurado cerca desde hace treinta años, y de las que obviamente eres titular. La belleza es una promesa de felicidad, la inteligencia es el umbral hacia la sabiduría, y la bondad es la última que descubrimos en los otros pero es la que garantiza que las otras dos cumplen con su parte del trato.
 
Ninguna de las tres es imperecedera, todas son un regalo indiscriminado al mundo y todas requieren inversión y cuidado. No voy a sonrojarte aquí dando cuenta de tu belleza y tu inteligencia que, por otro lado, a todos saltan a la vista. En realidad solo voy a dar las gracias por haber asistido en estos últimos años al modo en que la bondad se ha revelado y se ha puesto al mando, por haber asistir al compromiso que has puesto en convertirte en la persona que deseabas ser y que nos hace a todos afortunados. A Zahara sobre todo, que se queda lo principal. Y por ser testigo del modo en que te has rebelado cuando creías que podías haberlo hecho mejor o que merecías más. Contra ti, contra mí o contra el mundo.
 
Hoy no voy a desearos felicidad y salud, porque huelga decirlo, sino astucia y suerte. Sólo hay dos deberes con los que vosotros, Príncipes de las Tres Virtudes, debéis comprometeros esta tarde y los voy a expresar en modo imperativo, para que se entienda que es un exhorto de cuyo cumplimiento pienso pediros cuentas: divertíos porque la felicidad no se espera ni se anhela, se convoca. Y el segundo, el más importante porque incluye al primero y a todos los demás deseos de ventura: no tengáis miedo.
 
Felicidades.